Este país es el más seguro, dice el gobierno y se lo cree. La definición supone que los dominicanos pueden dormir tranquilos, dejar las puertas y ventanas de sus casas abiertas durante el día, no sobresaltarse cuando los hijos llegan tarde, poder salir de noche sin miedo a ser atracados, ejercitarse sin temor a ser agredidos para robarles celulares y relojes y dejar sus vehículos estacionados sin la angustia de que al volver se los habrían robado o no los encontrarán intactos. De manera pues que la seguridad que según las autoridades disfrutamos es sólo virtual, como lo es casi todo lo que aquí proviene del sector público, a excepción por supuesto del cobro de los impuestos.
En efecto, este era un país seguro, así conjugado en pretérito. Para desgracia nacional ha dejado de serlo. Son muy pocos los ciudadanos que no han sufrido en carne propia o indirectamente al través de un amigo o un familiar, sea en sus hogares u oficinas, esta incontrolable ola de delincuencia y criminalidad frente a la cual no parece haber gobierno. Tan generalizada es la inseguridad, que ya en ningún lugar, por exclusivo que parezca, se siente la gente segura.
Circuló por el Internet el caso de una pareja a quien le robaron todas sus pertenencias de su vehículo mientras cenaban en el Country Club de Casa de Campo, cuya membresía costaba y cuesta no sé cuántos cientos de miles de dólares. De manera que ni la llamada élite social escapa a la situación que nos aprisiona. La ola delincuencial terminará cambiando los hábitos de los dominicanos y el fenómeno se llevará consigo muchas actividades y negocios, porque ya la gente está comenzando a espaciar sus salidas nocturnas por la inseguridad que significa estar fuera de sus casas, aunque el peligro ronda por doquier. Cientos de ciudadanos han sido atracados, violados y asesinados dentro de sus hogares, de noche como a plena luz del día.
Miguel Guerrero es escritor y periodista
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Una de las escenas que más me desagrada es la del manganzón en el semáforo, con las manos en señal de imploración y con evidente buen estado de salud, pidiendo algo para la cena. Esquivo a la gente que se tira a muerte sin necesidad, amo servirles a quienes realmente requieren ayuda y lo hacen con dignidad.
El pesimismo me aterra. Escuchar un “no puedo” o un “eso si está difícil” lastima mi sien, atrofia momentáneamente mi esperanza. Eso de resaltar lo negativo de las cosas es una bofetada a la razón, al sentido común. Evito a los quejosos, pues me destruyen el día.
Me enfadan los masoquistas, los que gozan sufriendo, los que nunca están bien, los que cuando saludas te responden que se los está llevando el diablo y lo hacen hasta sonriendo.
También me disgustan los que no vislumbran soluciones, los de espíritus pigmeos; y a estos se agregan los necios que complican lo simple, que se enredan en su propia telaraña, que para llegar a su destino optan por las curvas pronunciadas y los oscuros laberintos en vez de la línea recta e iluminada. Me aburren los que temen triunfar, los frustrados que le huyen al éxito alcanzado en buena lid, los ciegos de horizontes.
A todos esos los prefiero lejos, allende los mares, cerca tal vez de Plutón. Y los hay de todas las clases sociales, de todas las razas y religiones, de todo nivel académico. Este absurdo comportamiento no es exclusivo de los materialmente desheredados por la fortuna, como se suele pensar.
Me fascina buscar el lado bueno de cada asunto (que siempre lo hay), sin perder la noción de la realidad; aunque el camino esté repleto de obstáculos siempre hay un modo de llegar a la meta.
Aplaudo a todas las personas con energía positiva, firmes en sus propósitos, claras en sus metas, dispuestas a la batalla, preparadas para vencer, que solo tienen como límite sus sueños, porque nadie se eleva más allá de sus ideales, pues si piensas que llegarás sólo hasta allí, de allí jamás pasarás, ni siquiera con el amparo de la suerte.
Que nuestra cotidianidad se nutra de optimismo, de ganas sanas, de amor por lo que se hace (“sólo el amor consigue encender lo muerto”, nos canta Silvio), porque estoy convencido de que nuestro escenario cambia sustancialmente dependiendo de nuestra forma de ver la vida y de enfrentar los problemas.
Somos nosotros los que construimos y destruimos. O nos caemos o nos levantamos. La decisión es nuestra. Tener voluntad con nobles propósitos es la consigna y quien tiene esa voluntad conquista lo que quiera.
El autor es abogado
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