Poemas de Pentecostés

Se me ocurrió este año 2017, en lugar de traer reflexiones bíblicas o teológicas sobre el Espíritu Santo en su Fiesta de Pentecostés, destacar poemas en torno a la tercera persona de la Santísima Trinidad. Hablen, pues, ahora los poetas más…

Se me ocurrió este año 2017, en lugar de traer reflexiones bíblicas o teológicas sobre el Espíritu Santo en su Fiesta de Pentecostés, destacar poemas en torno a la tercera persona de la Santísima Trinidad. Hablen, pues, ahora los poetas más que los biblistas o teólogos.

Pentecostés, del griego, significa literalmente “quincuagésimo”. “Es fiesta de los judíos instituida en memoria de la ley que Dios les dio en el Monte Sinaí, que se celebraba cincuenta días después de la Pascua del Cordero, relacionada con su salida o liberación del Egipo”. “Fiesta de los cristianos, festividad de la Venida del Espíritu Santo que celebra la Iglesia el domingo, quincuagésimo día que sigue al de Pascua de Resurrección, contando ambos días” (Citas tomadas del Diccionario de la Real Academia española).
Ambos, judíos y cristianos, celebran Pentecostés el mismo domingo, en el mes de junio.
Los poemas aquí citados se refieren al Pentecostés cristiano y son usados por la Iglesia en su liturgia del Domingo de Pentecostés.

Recordemos que estos poemas son llamados normalmente “Himnos” o “Cantos”. Hoy destacamos su dimensión poética.

I
¡Oh, bienvenido seas!
¡Oh, bienvenido seas,
Paráclito eternal, que con tus dones
nos nutres y recreas!
Lluevan tus bendiciones
sobre nuestros contritos corazones.

Si alguna vez caemos,
tú a levantarnos ven, y tú nos guía
y alumbra si no vemos,
y, si el pecho se enfría,
ven y tu calor santo en él envía.

Ven y nos fortalece,
si alguna vez nuestro valor flaquea,
y tu ley enderece
el pié, si se ladea,
si tímido se para o titubea.

El fuego centellante,
que sobre los apóstoles ardía,
al pecho de diamante,
al alma seca y fría,
ablande y dé calor en este día.
Y unidos y enlazados
en tus lazos, Amor omnipotente,
de pueblos apartados
haz una sola gente,
un corazón, un alma solamente.
Amén.
II
El mundo brilla
El mundo brilla de alegría.
Se renueva la faz de la tierra.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Esta es la hora
en que rompe el Espíritu
el techo de la tierra,
y una lengua de fuego innumerable
purifica, renueva, enciende, alegra
las entrañas del mundo.

Esta es la fuerza
que pone en pie a la Iglesia
en medio de las plazas
y levanta testigos en el pueblo,
para hablar con palabras como
espadas
delante de los jueces.

Llama profunda,
que escrutas e iluminas
el corazón del hombre:
restablece la fe con tu noticia,
y el amor ponga en vela la esperanza,
hasta que el Señor vuelva.
III
Llama de amor viva
¡Oh llama de amor viva,
que tiernamente hieres
de mi alma en el más profundo centro!
Pues ya no eres esquiva,
acaba ya, si quieres;
rompe la tela de este dulce encuentro.
¡ Oh cauterio suave !
¡ Oh regalada llaga !
¡Oh mano blanda! ¡Oh toque delicado!
Que a vida eterna sabe
y toda deuda paga ;
matando, muerte en vida la has
trocado.

! Oh lámparas de fuego,
en cuyos resplandores
las profundas cavernas del sentido,
que estaba oscuro y ciego,
con extraños primores
calor y luz dan junto a su querido!

! Cuán manso y amoroso
recuerdas en mi seno
donde secretamente solo moras,
y en tu aspirar sabroso
de bien y gloria lleno
cuán delicadamente me enamoras!
IV
Hoy desciende el espíritu de fuego
Hoy desciende el Espíritu de fuego
al corazón creyente de la Iglesia,
el Señor que la quema y atraviesa
enciende con su llama al universo.
Ebrios del Santo Espíritu, los Doce
rebosan de carismas y alabanzas;
Dios baja al Sinaí, y en llamarada
y en ímpetu de amor retumba el
monte.

Razas y pueblos quedan convocados;
Dios se muestra en Sión, la bella
altura,
y en voz concorde aquí a los hombres
junta,
desde Babel dispersos en pecado.

Se lanzan por el mundo los testigos;
y sin ceñir espadas lo conquistan,
y sin oro a los pobres dan la vida;
el Espíritu guía y Cristo invicto.

El Viento es brisa y fuerza de
huracanes,
y el Agua viva mueve los océanos;
alzan los brazos y oran bendiciendo
y el gozo transfigura sus semblantes.

Espíritu de amor y de verdad,
Espíritu confín de las promesas,
oh Santo, a ti la gloria siempre sea,
y a nosotros de ti la santidad. Amén.
V
Fuego de Dios a nuestras frentes baje
Fuego de Dios a nuestras frentes baje,
intelecto de amor en ellas prenda,
y con lumbres de gozo y de martirio
nuestras almas encienda.

Como el viento, impetuoso; como
el fuego,
candente, nuestro celo se propague,
¡y juzguen ebriedad de los sentidos
la divina embriaguez que nos
embriague!

Todos transverberados, desechemos
nuestro albergue precario,
y escuche todo oído en toda lengua
el subversor mensaje del Calvario.

Nuevo diluvio de aguas cenagosas
trae en cruda zozobra nuestra barca.
¡Vuelve, Amor, con el ramo del olivo!
¡Vuelve, Paloma, a serenar el arca! Amén.
VI
Ven, creador, espíritu amoroso
Ven, Creador, Espíritu amoroso,
ven y visita el alma que a ti clama
y con tu soberana gracia inflama
los pechos que criaste poderoso.
Tú, que abogado fiel eres llamado,
del Altísimo don, perenne fuente,
de vida eterna, caridad ferviente,
espiritual unción, fuego sagrado.
Tú te infundes al alma en siete dones,
fiel promesa del Padre soberano;
tú eres el dedo de su diestra mano;
tú nos dictas palabras y razones.
Ilustra con tu luz nuestros sentidos,
del corazón ahuyenta la tibieza,
haznos vencer la corporal flaqueza
con tu eterna virtud fortalecidos.
Por ti nuestro enemigo desterrado,
gocemos de paz santa duradera,
y siendo nuestro guía en la carrera,
todo daño evitemos y pecado.
Por ti al eterno Padre conozcamos,
y al Hijo, soberano omnipotente,
y a ti, Espíritu, de ambos procedente
con viva fe y amor siempre creamos
VII
Ven, espíritu divino
Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno. Amén.

CERTIFICO que los siete poemas traídos aquí son citados literalmente de la Liturgia de la Iglesia.

DOY FE en Santiago de los Caballeros el día uno (01) del mes de junio día del Año del Señor dos mil diecisiete (2017). l

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