Atisbos hechizados para una ojeada metafísica del merengue
Al tiempo en que Luis Alberti consumaba la empresa de traer el merengue a la ‘big-band’, algunos músicos de vanguardia manoseaban aquí los temas creados en Norteamérica desde los primeros años del siglo XX. Las refinadas canciones de Irving Berlin, George Gershwin, Cole Porter y Jerome Kern compartían la preferencia con vastas e intensas formas de blues, jazz, cool jazz y be-bop, creadas e interpretadas por músicos y cantores de color como Louis Armstrong, Duke Ellington, Dizzy Gillespie, Thelonious Monk, Errol Garner y Ella Fitzgerald.
Los indicios de esta influencia asoman ya en los merengues escritos en los ‘50 por Manuel Sánchez Acosta, Radhamés Reyes Alfau, Luis Senior y Babín Echavarría. El ‘Papá Bocó’ de Sánchez Acosta y el ‘Quiéreme’ de Reyes Alfau incorporan, respectivamente, vuelcos modales provenientes del blues y sucesiones armónicas habituales en las cadencias tenues de Cole Porter y Jerome Kern.
Los boleros-merengues (‘bolemengues’) ‘Enamorado’, de Babín Echavarría, y ‘¿En dónde estás?’, de Luis Senior, conducen, armados de una clara inteligencia musical, el lirismo poético del bolero al exaltado espacio bailable del merengue: ¿En dónde estás, corazón, / que olvidas mi hondo querer? / Ven a calmarme la sed de esta pasión. / Vivo cautivo de ti, / de tu profundo mirar. / ¿En dónde estás, corazón, / en dónde estás?
VII. Casi un siglo le costó al merengue transitar del escenario de guerra de 1844 a las aulas rigurosas de la academia. La tradición cuenta que Tomás Torres era un abanderado en las luchas de Independencia frente a Haití. En difícil situación, luego del enfrentamiento ocurrido en la Talanquera, Tomás decide huir con la enseña tricolor. Hablan los rumores de que, esa noche, los soldados cantaron: Tomá juyó con la bandera / Tomá juyó de la Talanquera. / Si juera yo, yo no juyera; / Tomá juyó con la bandera.
Será el maestro Juan Francisco (Pancho) García (1892-1974) quien escriba la primera obra sinfónica con ingredientes de merengue: la ‘Sinfonía Quisqueyana’. En dos de los tres movimientos de este trabajo, presentado en marzo de 1941, don Pancho desarrolla variaciones en torno a células folclóricas exhumadas por él en sus pesquisas por todo el país durante los años ’20.
Tras la huella de Pancho García siguen las creaciones de sus cuasi coetáneos Julio Alberto Hernández (1900-1999) y Luis Rivera (1901-1986). El maestro Hernández compuso ‘En la Feria’, una danza-merengue para piano, estrenada en 1942 y transcrita luego para orquesta sinfónica por el autor. El maestro Rivera, asimismo, escribió dos piezas notables para violín y piano, ambas con virtuosos reclamos interpretativos: ‘Merengueando’ y ‘Danza en merengue’. Su importante ‘Rapsodia Dominicana No. 1’, para piano y orquesta, fue estrenada en el debut de la Orquesta Sinfónica Nacional, en octubre de 1941, con la intervención de Elila Mena como solista.
Tal vez adeudemos al eminente clarinetista, compositor y arreglista Bienvenido Bustamante (1923-2002) el más cabal de los aportes al prontuario sinfónico del merengue. En su obra ‘Santo Domingo’, estrenada en octubre de 1984, suben por primera vez al escenario sinfónico (antes excluidas en las versiones doctas del merengue) la tambora y la güira. Dos obras fundamentales de Bustamante, La ‘Suite Macorix’ y el ‘Concierto para saxofón y orquesta’, obtuvieron el Premio Anual de Música “José Reyes” en 1990 y 1995, respectivamente.
VIII. El poeta y maestro Ramón Emilio Jiménez (1886-1970) dirigió su talento al examen de las raíces hondas del ser nacional. Recuperó así los horizontes, las dicciones perdidas, las usanzas y las creencias de nuestro mundo rural en las horas inaugurales del siglo XX. De su numen llano y afable brota este recuadro: ‘El merengue’: Lo dio como ella es la tierra abrasadora, / y como ella es pródigo de viril emoción: / naturalismo bárbaro de la aguda tambora / y acento democrático en el vivo acordeón. / Refuerza sus matices la güira turbadora, / el cachimbo lo embriaga de su lúbrico son, / y cruza la pareja, ondulante y reidora, / entre un cálido ambiente de tabaco y de ron. / Típica voz domina sobre los instrumentos, / es la letra del pueblo que teje movimientos / en las jóvenes carnes febriles de pasión. / En las cívicas lides surgió con la bandera, / y es férvido tributo a la criolla hechicera/ que pone en el merengue su ardiente corazón.
En un chispazo de ingenio nacido en la cabeza del poeta Manuel del Cabral (1907-1999), una de las voces altas de la literatura dominicana, se precisa de este modo la ‘tambora’: Trópico: mira tu chivo, / después de muerto, cantando. / A palos lo resucitan… / La muerte aquí, vida dando.
IX. Nadie interpretó la significación alegórica del merengue en la vida nacional con la gravedad, el aliento y la musicalidad exquisita con que lo hiciera el magno poeta Franklin Mieses Burgos (1907-1976). En su texto ‘Paisaje con un merengue al fondo’, él descorre así el telón: Por dentro de tu noche / solitaria de un llanto de cuatrocientos años; / por dentro de tu noche caída entre estas islas / como un cielo terrible sembrado de huracanes; / entre la caña amarga y el negro que no siembra / porque no son tan largos los cabellos del agua; / inmediato a la sombra caoba de tu carne: / tamarindo crecido entre limones agrios; / casi junto a tu risa de corazón de coco; / frente a la vieja herida violeta de tus labios / por donde gota a gota como un oscuro río / desangran tus palabras, / lo mismo que dos tensos bejucos enroscados / bailemos un merengue: / un furioso merengue que nunca más se acabe.
El más bravo cuestionamiento de las esencias, del carácter y de las costumbres nuestras, pugna, con salvaje hermosura, en las frases de Mieses Burgos: ¿Que somos indolentes? ¿Que no apreciamos nada? / ¿Que únicamente amamos la botella de ron, / la hamaca en que holgazanes quemamos el andullo / del ocio en los cachimbos de barro mal cocidos / que nos dio la miseria para nuestro solaz? / ¿Que nuestra gran tragedia como país empieza / desde cuando aprendimos a tocar el bongó? / ¿Que el acordeón y el güiro han sido los peores / consejeros agrarios de nuestros campesinos?”
O, tal vez: ¿Que el machete no es sólo en nuestras duras manos / un hierro de labranza para cavar la tierra / pequeña de conuco, sino que muchas veces / se ha convertido en pluma para escribir la historia?
En el epílogo de este canto misterioso emerge vencida la certeza incauta, aquella indolente evasiva que nos trajo siempre al destino errado: Puede ser; no lo niego; pero ahora, entre tanto, / bailemos un merengue de espaldas a la sombra / de tus viejos dolores, / más allá de tu noche eterna que no acaba, / frente a frente a la herida violeta de tus labios / por donde gota a gota como un oscuro río/ desangran tus palabras. / Bailemos un merengue que nunca más se acabe, / bailemos un merengue hasta la madrugada:/ el furioso merengue que ha sido nuestra historia.
Podríamos pensar en el ‘Paisaje con un merengue al fondo’ como situado a medio camino entre un Cantar de Gesta y la Elegía doliente de la dominicanidad. Toda la materia nacional palpita en esas estrofas: el pasado umbroso, la impía naturaleza circundante, el paciente trayecto por la vida, las hazañas y los sueños, los hábitos moldeados en la adversidad perenne y la fragante lascivia de unas carnes oscuras, la historia borroneada con letras de machete y un merengue bailado ‘de espaldas a la sombra de tus viejos dolores’.
Cabe entera, de verdad, la vida nuestra en ese canto.
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Texto incluido en País Cultural
SEGUNDA ÉPOCA. AÑO X, NÚMERO 1, MARZO 2017
Publicación cuatrimestral del Ministerio de Cultura de República Dominicana.