Luis Córdova
Especial para elCaribe

En nuestro pueblo, es una tradición arraigada confiar los sueños a alguien que los descifre (en español dominicano “lo arregle”), y traduzca las imágenes oníricas en números y presagios.

La aún reciente revelación de la vicepresidenta Raquel Peña, durante el Desayuno Empresarial Manuel Arsenio Ureña, organizado por la Fundación Arquidiocesana Santiago Apóstol (FASA), donde expuso su conferencia “Mujeres Líderes Impulsando Economías Sostenibles”, fue exactamente la siguiente: “Esa pregunta que tú me haces ¿tú sueñas con subir las escalinatas como presidenta de la República? Sí”. Lo que siguió fue una mezcla de risas, aplausos y una ovación que resonó como un eco de complicidad.

De la onirología popular a la polisomnografía política: ¿quién “arregla” el sueño de la vice? Nos faltan detalles. ¿Subía las escalinatas sola o acompañada? Si era lo segundo, ¿con quiénes? ¿Qué colores vestía? ¿Quién la esperaba en lo alto?

Con esta revelación se complica la dinámica del Gobierno: ¿se le delegarán nuevas funciones? Esto podría interpretarse como un respaldo implícito del presidente y eso, al futuro político de Luis, no le conviene. Pero marginarla, reducir sus funciones o rechazar sus iniciativas podría leerse como un bloqueo, lo que tampoco beneficia al equilibrio del Ejecutivo.

Este nuevo escenario tensiona no solo su relación con el presidente, sino también la armonía en los gabinetes. Lo que antes parecía una alianza casi empresarial, montada en la narrativa de la “eficiencia”, se ha transformado en una ecuación política marcada por el celo del protagonismo donde coincidan dos o tres aspirantes presidenciales.

El crecimiento político de Raquel plantea otro dilema: ¿hacia dónde dirigirse? Los compromisos con los aspirantes presidenciales vienen de lejos. No fue casualidad que, tan temprano como el pasado 27 de febrero, el Congreso Nacional se convirtiera en una pasarela para medir fuerzas al estilo de muchachos de colegio privado, una suerte de “revuelta de los popis”. Ahí están Wellington, David y Yayo, figuras generacionalmente cercanas que, aunque caminen por aceras distintas, podrían converger si el partido de gobierno quiere proyectarse al futuro. En otra órbita, también generacional, aparecen Carolina y Guido Gómez —este último, el más cauto y experimentado de los contendientes— junto a la propia vicepresidenta.

Ante lo anterior, ¿con quiénes construir el “Raquelismo”? Los funcionarios electos parecen ya comprometidos con otras lealtades, y recurrir a la nómina estatal es un terreno resbaladizo: detrás de cada nombramiento hay un padrino político. Pero es política, y crecer dentro implica, inevitablemente, desgastar las estructuras de los compañeros, preludio del final de la fiesta en paz. La bonhomía que le atribuyen sus cercanos y la eficiencia que ha mostrado como ejecutiva deben prevalecer a salvo del juego macabro de las invalidaciones con que, lamentablemente, se hace política en estos tiempos.

El escenario ideal de la vice habría sido “aspirar sin aspirar”, ser la alternativa ante una crisis (que no es improbable). Pero esa opción se desvanece: desde este marzo debe mostrar resultados concretos, exhibir estructura y marcar números en las encuestas (esas que se publican impunemente al margen de la ley y la JCE).

Estas cavilaciones se parecen demasiado a los sueños. Como decía el gran dramaturgo del Siglo de Oro, Calderón de la Barca: “Toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son”. Mientras tanto, algunos esperan a que salga el número en la lotería electoral para, entonces sí, “arreglar el sueño”.

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