La imagen de las naturales e inevitables migraciones no está en su mejor momento, lo que se agrava si los protagonistas no están “legales” en un país. Con la llegada de Donald Trump a la presidencia del Gran Coloso del Norte, en un santiamén, parece que el mundo occidental arrecia la persecución contra quienes, en su mayoría, buscan en otros lares vivir con mayor dignidad.
Es como reflexiona el papa Francisco: “Así, en el dramático enfrentamiento entre los intereses de quienes protegen su prosperidad y la lucha de quienes tratan de sobrevivir, huyendo del hambre y la persecución, se pierden tantas vidas, ante la mirada indiferente de quienes se limitan a contemplar el espectáculo o, peor aun, a especular con la piel de los que sufren”.
El tema es muy complejo y es prácticamente imposible que no existan criterios enfrentados. Resaltan dos tendencias. La primera jura que los migrantes son una amenaza para la seguridad, la cultura y la economía; y la segunda afirma que sin ellos el país no podría avanzar, pues con su mano de obra fortalecen las economías, pagan impuestos y contribuyen a la diversidad. De todo aquello, quizás lo más importante, son los derechos humanos que se deben respetar.
Hoy la migración es un tema esencial en las campañas políticas y ganan los que mejor conectan con el pensar de los electores, donde se corre el riesgo de promover la intolerancia. Ahora el nacionalismo y los “partidos de derecha” están en auge. Lo ocurrido hace días en Alemania es prueba de ello.
Una de las consecuencias directas de esta batalla contra los generalmente indefensos migrantes, es la deportación. En estos momentos los Estados Unidos de América encabezan la cruzada, donde la República Dominicana desde ya está recibiendo cientos de deportados. Recordemos que allí viven aproximadamente 250,000 dominicanos “sin papeles”.
¿Son delincuentes esos deportados, como piensan algunos? No y no. De las últimas deportaciones, alrededor del 80 % fueron repatriados por estatus irregular, no por tráfico de drogas, robos o asesinatos. La mayoría de los deportados son gente que lo único que quiso fue lograr un mejor porvenir para sí y para sus familiares.
Como esas deportaciones continuarán con mayor intensidad, incluso muchos vendrán de manera voluntaria, debemos evitar los estigmas con los que están y con los que vendrán. Un estigma es rechazar y discriminar a una persona o colectivo por considerarlos malos ejemplos.
Debemos recibir a los deportados con respeto, ofreciéndoles facilidades para su reintegro a la sociedad, como seres útiles y valiosos para nuestro desarrollo. Muchos de ellos vienen a sumar. Somos un pueblo hospitalario con el extranjero, seámoslo ahora con más fe con nuestros deportados.