Son muchos los ejemplos que evidencian cómo los otrora actores sociopolíticos, ideológicos y culturales -partidos políticos, organizaciones culturales, sectoriales-sindicales, profesionales y de otra índole-, en el país, fueron, en cierta forma, desplazados o relegados por nuevos actores que aunque disfrazados de actores sociales o abiertamente “antipolíticos o anti-partidos”, han sabidos camuflar su rol o perfil político, patriótico o de corte político-electoral, ejemplos: “La Marcha Verde” -que catapultó el triunfo electoral del PRM-2020- y recientemente la protesta-marcha en el Hoyo de Friusa (un asentamiento o enclave de trabajadores haitianos -de estatus migratorio irregular- que se dice “tierra de nadie” o donde el gobierno y sus aparatos coercitivos, policía y ejército, ejercen poco o escaso control de seguridad y la autoridad civil-estatal es difusa por no decir nula en el contexto de una ecuación histórica de pésima gestión migratoria-fronteriza).

Sobre los actores sociopolíticos o abiertamente políticos fueron desplazados por actores sociales provenientes del sector de la comunicación o mediáticos -Marcha Verde-, “sociedad civil” o organizaciones patrióticas como la llamada “Antigua Orden Dominicana” que acaba de convocar una protesta-marcha en el Hoyo de Friusa en la región este del país. Y no vamos aquí a valorar su impacto patriótico o de convocatoria, sino el cambio de rol en la dinámica social y su proyección política-electoral -al margen de lo que se cierne o está latente en materia de conflicto étnico-racial-demográfico o choque con el poder en el caos que gobierna en Haití-.

Y ese cambio de rol sociopolítico es más que sintomático, pues esos “actores sociales” emergentes -en realidad políticos aunque bajo el sello de “independientes “ o patriótico- son, en parte, financiados por asignaciones estatales, ciudadana, privadas y de agencias extranjeras; y, de algunas formas, han instalados la narrativa anti-partidos en una estrategia política-electoral que va ganando terreno y dejando a los otrora movimientos sociales y político -partidos, clubes y sindicatos- relegados a reclamos reivindicativos, la inopia o como les sucede a los partidos políticos tradicionales “al momento o coyuntura electoral” -llámese zafra electoral- y no pocas veces fuera del debate nacional, pues, en el fondo, los partidos tradicionales están atrapados en una dinámica política-social asociada a los poderes fácticos o statu quo.

De ese abandono, repliegue o relego sociopolítico de los partidos políticos tradicionales, sumado al factor descrédito universal de esos “aparatos”, es que ha emergido el fenómeno sociopolítico-electoral outsider y el poder de los influencers porque, entre otras razones o variables, han sabido montarse e instalarse eficazmente en las redes sociales que a su vez se han convertido en las vías más expeditas, hoy día, para promocionarse, venderse y acceder al poder o procurar retazos o franjas del mismo a la luz de la tecnología y los cambios en la geopolítica.

De modo, que no vale lamentarse o quedarse en las calles o periferias de la ola social-tecnológica, como le sucede a los partidos políticos tradicionales, sino, que hay que actuar en consecuencia, y rápido, antes de que el fenómeno outsider termine de dar el tiro de gracias y vengan las lamentaciones cuando toda la vieja burocracia del obsoleto poder u orden establecido se venga abajo y esos “nuevos” actores se quiten sus máscaras de antipolíticos. En tal sentido, podríamos augurar que las elecciones de 2028 serán el último suspiro o réquiem de los partidos tradicionales -si no apuran el paso, dan la cara y no se dejan suplantar-. Ya lo saben.

Por último y para más señas, preguntémonos: ¿qué no hizo el PRM para llegar, antes y después, al poder? O en otras palabras, ¿qué no apoyó?

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