Muchos dominicanos temen que el futuro inmediato sólo les depare incertidumbre, a despecho de un optimismo oficial impulsado por la vana ilusión de que sus obras y programas llenarán todas las necesidades y esperanzas del pueblo. Pero es poco probable que aún así la mayoría cambie su estilo de vida.
Hablamos de una característica muy peculiar de ver la situación y su paso por este mundo por la idea de que “nadie se muere en la víspera”. Y como en efecto estos tiempos están muy lejos de ser ese día, muchos creerán que no existe razón alguna para verse en la necesidad de hacer los cambios que los dramáticos tiempos que se avecinan exigen. Por lo tanto, a gastar se ha dicho.
Sin embargo, intentando ser realista no se puede culpar a nadie por comportamientos de ese tipo. En el fondo no son más que mecanismos de protección familiar ante la falta de esperanza en la efectividad de las medidas oficiales para contener el alza del costo de la vida, detener la especulación y cortar de raíz la dolorosa espiral inflacionaria.
La clase media carece de la flexibilidad que tienen los ricos para hacer prometedoras inversiones o pagar las altas primas para sacar sus ahorros al extranjero. No le queda pues al pueblo otra alternativa que extraerle el mayor provecho posible a sus cada vez más exiguos ingresos. En la actualidad se requiere dos veces el nivel de ingreso de hace apenas unos años para mantener el nivel de vida de entonces. De manera que las familias de clase media no se hacen ilusiones.
Esta es una realidad tan penosa como irrefutable. Pero el problema mayor consiste en que la mayoría de quienes tienen en sus manos las decisiones en el ámbito público, dejó de sufrirla desde hace tiempo. De la calamidad nacional sólo tienen versiones enojosas que perturban la idea paradisíaca que ellos mismos se han forjado de sus actuaciones.