Cada día estoy más convencido del papel de la mentira como instrumento estratégico en la política nacional. La razón es simple: nadie ha pagado jamás el precio de engañar al país. A causa de ello, la mentira ha jugado un papel de primer orden en la carrera de la mayoría de los líderes que han alcanzado el poder o aspiran a conseguirlo.

La verdad es que en nuestra cultura la mentira no es un pecado, ni razón para avergonzarse. Se aprende en los hogares y en las escuelas. Los padres mienten para justificar la inasistencia de sus hijos en un día de clases. Mentimos para explicar la llegada tarde al trabajo. Y hacemos de ella un instrumento de la vida diaria. Pero en la actividad política, la mentira ha servido para preservar privilegios, liderazgos y programas económicos nefastos para la población, pero increíblemente beneficiosos para una clase arrimada al poder con la fuerza de un buen cemento.

Parecería incluso que a los dominicanos les agrada el que sus líderes les mientan. De otra manera resultaría muy difícil entender la tranquilidad y la conformidad con que se aceptan las promesas más absurdas e irrealistas. Ni siquiera los medios de comunicación, llamados por su compromiso a resaltar las falsas cualidades del liderazgo nacional, honran esta obligación elemental.

No se requiere de un estudio a fondo para descubrir esta característica del quehacer político dominicano. Al igual que la corrupción, la mentira, llevada casi a la altura de un arte en el medio político local, se parece mucho a una competencia olímpica. A aquella en que cuatro corredores se pasan el palo cada cien metros planos hasta llegar hasta una meta. Como en la competición, los políticos de nuestro país no se detienen nunca. Prometen y prometen. Utilizan la pobreza del pueblo para granjearse simpatías, explotando para su provecho personal las necesidades y el sufrimiento humano.

Posted in La columna de Miguel Guerrero

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