Durante años pensé que empoderarse era llegar a un punto donde todo estuviera bajo control, donde yo tuviera todas las respuestas. Pero la vida se encargó de mostrarme lo contrario.

Empoderamiento no significa ausencia de dudas ni una seguridad inquebrantable. No es una armadura perfecta que nos protege del miedo, la incertidumbre o los cambios inesperados. Lo entendí de verdad cuando mi propio cuerpo comenzó a transformarse en la perimenopausia. Hasta ese momento, mi relación con mi cuerpo y mi mente se basaba en el supuesto de que yo tenía el control absoluto sobre ambos. Y, de repente, ya no era así.

Las hormonas bajaron su ritmo, y con ellas, mi claridad mental tambaleó. La llamada “niebla mental” llegó sin aviso, dejándome con palabras en la punta de la lengua, olvidos inesperados y una sensación de estar desconectada de mi propio intelecto. Mi energía fluctuaba de maneras que no podía anticipar, y mi estado de ánimo se convirtió en un péndulo entre la introspección y la irritabilidad. No me reconocía.

Y ahí, en medio de esa incertidumbre, aprendí algo esencial: el empoderamiento no es resistirse al cambio, sino aprender a fluir con él. Mi cerebro no se estaba apagando, estaba recalibrándose. Se estaba reconfigurando, adaptándose, preparándose para una nueva etapa. No era el principio del fin; era una transformación.

Descubrí que mi mente no era mi enemiga. Que lo que sentía no era una señal de deterioro, sino una actualización. Como un software que necesita reiniciarse para funcionar mejor. Y entonces, en lugar de frustrarme con cada lapsus o cada emoción intensa, decidí prestarle atención a mi cuerpo y darle lo que necesitaba: descanso cuando lo pedía, nutrición adecuada, ejercicio para ayudarlo a fortalecerse y, sobre todo, paciencia.

Por primera vez, entendí que el empoderamiento no se trataba de imponerse sobre la vida, sino de habitarla plenamente, con todas sus versiones. No significa tener todas las respuestas, sino atreverse a seguir haciéndose preguntas. No es sobre tener el control absoluto, sino sobre confiar en nuestra capacidad de adaptación.

Hoy, si me preguntan qué significa para mí estar empoderada, respondería: es aceptar mi proceso, mi evolución, mi transformación. Es entender que ser fuerte no es mantenerse igual, sino permitirse cambiar. Es honrar la sabiduría de mi cuerpo y mi mente, abrazar cada nueva versión de mí misma y saber que, sin importar los cambios, seguiré siendo yo.

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