A sus 84 años, Hipólito Mejía sigue en política como quien insiste en usar un beeper en tiempos de WhatsApp. Habla con la soltura de siempre, con ese tono de finca que antes era carisma y hoy suena a reliquia. Cuando dice que su hija Carolina está por encima de David Collado en las encuestas dentro del PRM, no está opinando: se está consolando. Y al que intenta convencer con eso, lo subestima. Lo mira como si viviera en el país de hace veinticinco años, donde bastaba un chiste bien colocado para ganar un mitin.

Decir que Collado va a “pasar más trabajo que un forro de catre” es más deseo que análisis. Es la frase de quien no lee encuestas, las interpreta como quien lee el horóscopo: buscando el signo que más le conviene. Lo triste es que Carolina no necesita ese tipo de ayuda: necesita alas. Construir su propio relato, tomar el volante y bajarse del asiento trasero. Dejar de caminar bajo la sombra de un padre que no ha entendido que ya no estamos en 2000, aunque a veces lo diga con la misma seguridad con la que antes juraba que el fax era el futuro.

Hoy, con un electorado joven que vota más por reels que por apellidos, cada intervención de Hipólito suena como una interferencia. La política ya no se gana con cuentos de camino ni abrazos a extraños. Se gana con narrativa, redes, imagen y conexión. Collado lo sabe: habla y genera conversación. Se mueve y el escenario se mueve con él. Carolina, en cambio, parece caminar con las manos atadas a un pasado que fue glorioso, pero que ya no corre.

Esto ya lo vimos. Hipólito también creyó que podía ganarle a Abinader en el 2015. El resultado lo recuerda hasta el portero del PRM. Pero él insiste. Como si el tiempo no aplicara a su ego. Como si bastara hablar con la soltura de siempre para doblar el presente.

El problema no es que Hipólito hable. El problema es que Carolina no responde. Y mientras siga esperando que su padre la lleve de las manos, perderá una carrera que nunca fue suya, sino de él.

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