Apesar del escándalo que provocó la desaparición de Galíndez y del amplio operativo policial que se realizó en los Estados Unidos, al cabo de poco tiempo las investigaciones parecían estar llegando a un punto muerto. Fue el asesinato de Murphy lo que permitió a los servicios de seguridad e inteligencia del imperio establecer una conexión con el rapto de Galíndez y empezar a atar cabos. Muy pronto —siguiendo el rastro de sangre— comenzarían los investigadores a relacionar con el mismo caso las demás muertes y procederían a armar el rompecabezas y a señalar al culpable con nombres y apellidos. Esto le complicó mucho más la situación a la bestia. La bestia quedó envuelta en su propia telaraña.
Además, ahora lo señalaban no solo por la desaparición de un refugiado español en suelo estadounidense, sino también por la muerte de dos ciudadanos estadounidenses (Murphy y Robert Smith, el empleado del aeropuerto de Long Island que le le puso combustible al avión en que llevaban a Galíndez). Ahora la indignación de la prensa iba en aumento, numerosas voces exigían justicia y pedían una sanción ejemplar. El escándalo y las acusaciones le saldrían muy caras a la bestia en términos contantes y sonantes. No se sabe cuánto tuvo que pagar en sobornos o coimas para tratar de acallar a la prensa, aparte de lo que pagaba a ciertos funcionarios, diputados, senadores y periodistas, pero el dinero corrió olímpicamente.
Aun así, varios congresistas, junto a la novia y al padre y familiares de Murphy y hasta el mismo gobierno, el gobierno de Eisenhower, tomaron cartas en el asunto y no dejaban de presionar y la bestia no soportaba presiones.
Había, pues, que fabricar una solución, encontrar con carácter de urgencia un culpable. Fue entonces que decidieron involucrar a Octavio de la Maza, alias Tavito, convertirlo en chivo expiatorio.
La idea, según se dice, la tuvo Felix Bernardino, que odiaba visceralmente a Tavito. Unos años atrás, Tavito había dado muerte, en defensa propia, a un hermano de Bernardino que lo había acosado sexualmente y le había metido cinco balazos en el cuerpo. Desde entonces Bernardino buscaba la oportunidad de vengarse y la oportunidad por fin apareció. Acusarían a Tavito de la muerte de Murphy.
Sin embargo, Crassweller afirma que fue William Pheiffer, el embajador usamericano en el país, quien por primera vez involucró a Tavito en el espinoso asunto. Si lo hizo de buena o mala fe (quizás por iniciativa propia o en combinación con la bestia), no es algo que pueda establecerse. Muchos creen que el embajador cayó en una trampa, aunque no se puede descartar que él mismo haya tendido la trampa, que se haya plegado a la bestia por razones de simpatía o por razones pecuniarias o tal vez por órdenes superiores.
El hecho es que Tavito y Murphy trabajaban como pilotos en la CDA y el embajador sugirió, se limitó a sugerir de alguna manera que tenía conocimiento de que entre ellos había rencillas y rencores y una supuesta enemistad que convertía a Tavito en sospechoso y justificaba una investigación. Pidió una investigación.
A la bestia y a Bernardino les encantó la idea, por supuesto, una idea que facilitaba muchísimo las cosas, y acogieron la petición de inmediato. Había que complacer al señor embajador. No faltaba más.Tavito fue arrestado el 17 de diciembre, el mismo día que el embajador presentó su petición, y no saldría vivo de la cárcel. Se le exigiría, en principio, que se declarase culpable, que confesara algo así como que Murphy lo había molestado y en forma seguramente agresiva y que él se había limitado a defenderse, que le había dado muerte, que lo habría, quizás, arrojado al mar, que los tiburones habrían dispuesto de sus restos. Es probable, aunque nada seguro, que si Tavito hubiese cedido a las presiones, si se hubiera reconocido culpable del crimen que no había cometido, hubiera sido condenado formalmente, lo habrían encarcelado durante algunos años en condiciones privilegiadas hasta que el caso se enfriara y entonces recobraría su libertad, aunque también era posible que le pasara algo muy malo, como solía suceder…
A Tavito no le hizo gracia la idea de declararse culpable y la rechazó vigorosamente. Empezaron entonces a presionarlo de la manera en que los esbirros de la bestia acostumbraban a presionar a los prisioneros, pero Tavito no cedió. Se dice que Ramfis Trujillo intervino a favor de Tavito. Tavito pertenecía a la fuerza aérea, de la cual Ramfis era comandante y además era su amigo, su jefe y su amigo, pero su intervención no sirvió de nada. El día 7 de enero de 1957, Octavio de la Maza, alias, Tavito, a los 38 años de edad, amaneció sin vida en su celda del cuartel central de la Policía Nacional. Se había ahorcado, según la versión oficial, con un mosquitero, extrañamente un mosquitero, y había dejado una nota de suicidio donde lo confesaba todo.
El montaje no podía haber sido más burdo, burdo y descarado, desfachatado, absurdo, y prácticamente nadie se tragó el cuento. Incluso el FBI lo consideró inaceptable, pero las autoridades habían cumplido con las formalidades de rigor y la versión oficial sería esa, la que defendería el gobierno de la bestia cínicamente.
Paradójicamente, el crédito por el rapto de Galíndez no le corresponde solamente a Félix Bernardino (ni quizás, sobre todo, al célebre Navajita y al servicio secreto de la bestia). Hay quien opina —como Carlos Piera Ansuátegui— que Jesús de Galíndez fue una ofrenda del imperio a la bestia, un sacrificio. No fue simplemente raptado, sino entregado como quien dice en manos de bestia:
«Jesús Galíndez —dice Carlos Piera Ansuátegui— fue sacrificado en el altar mayor de la guerra fría cuando el peligro comunista sustituyó como fantasma al derrotado nazismo y el Gobierno norteamericano pactó con el régimen de Franco en un elocuente ejercicio de la máxima: “El enemigo de mi enemigo es mi amigo”». (1)
Una opinión parecida e igualmente desoladora sostiene José Luis Barbería:
«A estas alturas parece ya evidente que si Jesús Galíndez fue entregado a los esbirros trujillistas el 12 de marzo de 1956 en el centro de Manhatan no fue sólo para satisfacer la conocida vesania criminal de su jefe, sino también para eliminar a un testigo incómodo, un obstáculo en el espectacular giro estratégico que llevó a Estados Unidos a quebrar su actitud frente al régimen de Franco. En el documental Galíndez, el abogado norteamericano Stuart A. McKeever, viejo investigador del caso, apuntala la teoría de que su desaparición fue una operación urdida por gentes vinculadas a los servicios secretos norteamericanos. Los policías que investigaron el caso y los fiscales que intervinieron en la vista contra los agentes norteamericanos implicados comparten ese juicio». (2)
(Historia criminal del trujillato [166])
Bibliografía:
Robert D. Crassweller, «The life and times of a caribbean dictator».
Notas:
(1) Carlos Piera Ansuátegui, «La trágica historia de Jesús Galíndez». (https://www inclusión Govea/cartaespana/es/noticias/Noticia_0349.htm)
(2) Jose Luis Barbería «Las últimas verdades sobre el agente Galíndez». | Domingo | EL PAÍS (https://elpais.com/diario/2002/09/22/domingo