Reflexiones sobre las cárceles y el sicariato

El 3 de junio de 2010, en la ciudad de Santiago, unos sicarios intentaron asesinar a un ser humano útil, bueno y excelente profesional: Jordi Veras. La sociedad quedó impactada. El 9 de junio pasado, en la ciudad de Santo Domingo, unos sicarios casi le quitan la vida a David Ortiz, gloria del deporte, a quien confundieron con otra persona. Fue notable aquí y en el exterior la repercusión de este caso.

Lo interesante, como aleccionadora casualidad, no fue que ambos hechos ocurrieron en junio, sino que fueron planificados desde la prisión. El primero en la cárcel de Rafey y el segundo en el 15 de Azua. Ya eso debe motivarnos a revisar nuestro sistema penitenciario, porque algo falla.

Por ejemplo, una medida podría ser como la tomada por el presidente de El Salvador, Nayib Bukele, quien ordenó a las empresas de telefonía del país bloquear “por completo” la señal móvil y de Internet de alrededor de los centros penitenciarios.

Con relación al sicariato, varios de sus crímenes pasan desapercibidos, pues generalmente solo nos enteramos de aquellos donde son varios los asesinados o cuando el hecho se presenta en un lugar público o está involucrado alguien conocido.

Tenemos la tentación de imaginarnos al sicario como frío, calculador, preparado para cumplir su vil tarea. La realidad es que nuestros sicarios no planifican bien lo que harán, hasta celebran con sus amigos sus macabras intenciones. Son, en esencia, jóvenes que “matan y roban por cheles”, casi siempre motivados por las drogas narcóticas.

Naturalmente, hay excepciones, incluyendo extranjeros. No es un secreto que varios se han entrenado como sicarios en otras naciones, donde hay escuelas para tales fines, lo que complica la batalla contra este fenómeno otrora impensable entre nosotros.

Otro problema es que en nuestra frontera con Haití no hay suficientes controles, por lo que se hace fácil la entrada ilegal a nuestro territorio de sicarios y traficantes de drogas y armas, quienes luego de cometer el hecho de sangre o sus turbios negocios escapan sin dificultad por el mismo lugar por donde entraron.

A esto se agrega que a los narcotraficantes dominicanos que servían de puente para llevar drogas a Europa y a los Estados Unidos de América, les pagaban antes en efectivo y ahora lo hacen en naturaleza y esa sustancia se queda y se vende aquí, surgiendo grupos que se enfrentan por controlar los puntos de drogas y eso aumenta los casos de sicariato.

Estamos en presencia de una nueva forma de crimen ya común en otros lugares. Debemos prepararnos para enfrentarlo con responsabilidad, recursos e inteligencia. Al menos sé que existe la intención de hacerlo.

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