¿Por qué la política de género?

Vemos el interés de los organismos internacionales de desvirtuar algo que desde la creación estaba muy claro: la diferencia entre el hombre y la mujer.

Pero no una diferencia de oportunidades, como ha sido el comportamiento de la humanidad, la mujer destinada a las labores del hogar, a posiciones iguales pero obligadas a trabajar más y con menores sueldos; por años luchar por defender, que en la tierra tienen, bajo un mismo sol, derechos iguales a la de los hombres.

Se distinguen en que Dios las creó para la maternidad y ese derecho, muy a pesar de los hombres, de la ciencia, de lo que deseen cambiar la genética, las mujeres están hechas para ser madres, eso nunca les corresponderá a los hombres, no sólo porque sus cuerpos no están preparados para eso, también no entienden psicológicamente el nivel de entrega y sacrificio de una madre por sus hijos.

La política de género no es más que la forma disfrazada de tratar de controlar el crecimiento de la población, porque definitivamente mientras más propaguemos las relaciones sexuales entre el mismo sexo, menores serán las posibilidades de procrear.

Cristine Lagarde, Directora del Fondo Monetario Internacional, institución sin alma y corazón, declaró “los ancianos viven demasiado y eso es un riesgo para la economía global. Tenemos que hacer algo y ya”.

Esto no es nada nuevo. En el 1790, un fraile italiano, Gianmaria Ortes, tenía una teoría muy similar a la del economista Thomas Malthus, quien entendía que las guerras y las plagas eran formas de controlar el crecimiento de la población.

Malthus sostenía que la población crecía geométricamente y los alimentos lo hacían de forma matemática, en su obra “Población y el Sistema Social”. Aunque nunca se basó en la ley de ingresos disminuidos, que no es más que la explicación económica de que por más capital que se emplee en un pedazo de tierra la capacidad de producción tiene un límite contra el crecimiento poblacional ilimitado.

Aquí intervienen con sus recursos la Agencia para el Desarrollo de los Estados Unidos (USAID), que va desde patrocinar el libro “Hablemos” hasta pretender dirigir la educación sexual de nuestros niños, conculcando que no hay problemas en sostener relaciones sexuales entre parejas del mismo sexo. Procurando convencer a nuestros jóvenes que el natural instinto sexual no es necesariamente entre parejas de sexo opuesto, que por el contrario es perfectamente normal entre parejas o múltiples parejas de cualquier sexo. Reeditamos a Sodoma y Gomorra.

El Presidente Trump ha reducido sustancialmente el presupuesto a las clínicas Planned Parenthood, que al igual que el libro del que hacemos referencia, no sólo ven el aborto algo natural, sino que también son parte del lavado cerebral de que nada importa y todo es posible.

En un país como el nuestro, con instituciones débiles y dados a imitar lo que otras culturas hacen, hay que poner mucho cuidado con lo que estos organismos internacionales pretendan.

Aún no hemos sido capaces de definir las políticas sobre el aborto, muy a pesar de lo claro de nuestra Constitución, pero preferimos la indefinición para que los fondos de USAID sigan fluyendo, sin importar que muchos de ellos vengan disfrazados para envenenar la mente de nuestros niños.

Recuerdo que en la escuela leí cómo en los años cincuenta en Estados Unidos se castraban familias enteras por entender que uno de sus miembros tenía simpatía o afiliación a algún movimiento comunista. Hoy estamos en una situación similar, entendemos que debemos reducir el crecimiento poblacional de cualquier medio sin importar las creencias religiosas, sin tener en cuenta el efecto que pueden tener sobre las generaciones futuras el quiebre de la unidad familiar que está claramente establecida entre el padre y la madre, nunca entre dos madres o dos padres.

De estar vivo el senador por el Estado de Wisconsin, Joseph McCarthy, quien veía comunismo en cada esquina, sin dudas sería un gran abanderado de este movimiento que pretende condenar el mundo bajo la excusa de que el crecimiento poblacional debe ser detenido de alguna manera para que deje de crecer geométricamente contra unos recursos que crecen matemáticamente.

Necesitamos un periodista como Edward Murrow, que supo enfrentar el macartismo con su programa que terminaba con la célebre frase “buenas noches y buena suerte”. Necesitamos mucha suerte para poder enfrentar este ataque que pretende destruir nuestra sociedad.

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