De las informaciones que recibimos y damos

Vivimos momentos donde la susceptibilidad y el favoritismo pueden atrapar a los que buscan incidir en la opinión pública, especialmente porque cohabitan hechos y dramas de cierta importancia. Esto les alimenta el desenfoque y la imparcialidad, sobre todo porque hay intereses en juego. También suelen contagiar de apasionamiento a quienes reciben sus informaciones, que a veces las comentan con la misma intensidad de quienes las envían.

En estos días recibiremos muchas noticias de nuestra simpatía o desagrado. En ambos casos debemos ser muy cautelosos y prudentes antes de darlas por ciertas. Siempre analicemos la fuente. Es difícil que una persona o empresa que tenga un nombre que perder se arriesgue a mentir a propósito, quizá se equivoque, pero eso es distinto. Además, nuestro olfato tiende a decirnos si algo es creíble o no.

¡Triste es sucumbir a la tentación de promover sucesos que no existieron o que nos los hicieron llegar de forma errada! Incluso, no hemos escapado a dar crédito a improperios que mentes mezquinas lanzan a los demás. Vivimos en un mundo, como nos dijo recientemente el papa Francisco, donde impera la “cultura del insulto” y que “hoy está de moda lanzar adjetivos”. No seamos parte de esa condenable moda.

Resalto ahora lo de la libertad de expresión, sea o no periodista el que la ejerza. “Charlas de Café”, de don Santiago Ramón y Cajal, fue mi libro de cabecera durante meses. Recuerdo uno de sus pensamientos: “Cuando veáis un escritor que se mete con todo el mundo, es que aspira a que todo el mundo se meta con él. No habiendo conseguido ser admirado, anhela ser temido”. Aunque se refiere a los escritores, lo asimilo también a todos los que están en los medios de comunicación y a los que participan en las redes sociales.

Esto va para ellos: “La libertad de expresión tiene sus límites. Este derecho fundamental debe ser asumido con seriedad, apegado a la verdad y respetando la dignidad del prójimo. En caso contrario, como por ejemplo la difamación, la libertad de expresión se convierte en “expresión de libertinaje”, en algo injusto y aborrecible, que denigra en primer lugar, y muchas veces de manera exclusiva, a quien la usa incorrectamente”.

Comunicar representa una responsabilidad muy grande, tenga el autor experiencia o no en ese arte. En síntesis: seamos cuidadosos antes de prestar oídos a todas las informaciones que nos llegan y no seamos promotores de algo que no estemos seguros de que sea verdad, porque la verdad, tarde o temprano resplandece, íntegra, audaz, potente, feliz, mirando desde las alturas a los insignificantes que quedaron intactos en el fango, atrapados eternamente entre la falsedad y la cobardía.

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