De China a Santo Domingo: una relación de la isla, sus ciudades y población en 1680

Arquidiócesis de Santo Domingo.

Fray Domingo Fernández de Navarrete es prácticamente un desconocido en la historia de Santo Domingo. Queremos hacer hoy una memoria de tan destacado personaje del siglo XVII, que fue Arzobispo de la isla entre los años 1677 y 1690. La arquidiócesis de Santo Domingo tuvo como sufragáneas, entre el siglo XVI y hasta el tratado de Basilea, las diócesis de Cuba, Puerto Rico, Coro, Santa Marta, Cartagena de Indias y Comayagua, actual Tegucigalpa, aunque esta última hasta mediados del siglo XVII. Es decir, la gran mayoría de lo que hoy conocemos con el nombre del gran Caribe, que abarca las costas de las actuales Venezuela, Colombia y todo el litoral centroamericano.

Nació en tierras castellanas y fue heredero de un linaje que destacó en las letras, las armas y la Iglesia. Vocación esta última por la cual se inclinó, siendo con posterioridad un relevante misionero dominico. Tomó los hábitos en 1630 y, tras completar los estudios, se le ofreció cátedra de Teología Tomística en varias Universidades españolas. Sin embargo, prefirió dedicarse a la evangelización de otros pueblos. Así, en 1646 con otros veintisiete dominicos partió rumbo a México donde, vía Acapulco, navegó hacia Filipinas donde llegaron en 1648. Allí, fue catedrático de Prima en la Universidad Santo Tomas de Manila y ostentó el cargo de Procurador general de la Provincia del Santísimo Rosario de Filipinas. En 1657, dominando ya el idioma partió a China a predicar y además a traducir.

El libro principal de Fernández de Navarrete se considera una de las más destacadas obras de estudio de la China del siglo XVII, y fue una referencia en toda Europa. El Tratados Históricos, Políticos, y Morales de la Monarquía de China incluye además extensas traducciones de filosofía clásica China. Publicó, así mismo, un catecismo en esa lengua en dos volúmenes. El Papa Inocencio XI llegó a proponerlo como primer arzobispo de China, pero él declinó la propuesta. En 1665, siguiendo lo iniciado por el Shogunato japonés años antes, la dinastía Qing cerró las puertas al cristianismo e inicio una persecución contras los misioneros jesuitas y dominicos. En 1673 llegó a Roma, después de haber recorrido la India para embarcar en Goa y navegar hasta Madagascar, desde donde partió a Lisboa. Una vez en el Vaticano, fue destinado a Santo Domingo como Arzobispo, donde trabajo con celo y fidelidad hasta su muerte.

Considerado el artífice de la crítica pontificia contra los jesuitas por sus ritos en China, Navarrete transmitió de primera mano en Europa y América lo acaecido en el país oriental. Sus textos fueron traducidos a múltiples idiomas en el siglo XVII, y tuvieron mucha popularidad en Inglaterra. De hecho, los Jansenistas franceses y Voltaire alabaron su obra, fundamentalmente con el objetivo de atacar a los Jesuitas.

En 1677 fue nombrado Obispo de Santo Domingo. Embarcó en Cádiz el 7 de julio rumbo a Puerto Rico, donde permaneció breve tiempo, arribando a la española el veinte de septiembre. Al principio fungió como gobernador eclesiástico de la Archidiócesis, hasta su consagración 5 años más tarde en la ciudad de Santa Marta en el Caribe neogranadino. A su vuelta, realizó una visita pastoral que por las virtudes que poseía como observador y viajero tienen una notable relevancia al dejarnos un interesante testimonio de la población, las ciudades y la naturaleza de la isla en un memorial que refleja su humanismo renacentista distanciado de la escolástica medieval, un texto sorprendente para las fechas en que se escribió.

Escribe que la ciudad de Santo Domingo, Metrópoli de la isla, tenía dos mil novecientas setenta y siete personas de confesión, incluyendo milicias y gente libre y esclavizada. Que en general todos asistían de ordinario a sus haciendas del campo dentro de un distrito de unas 14 leguas (65 Km). Su población constaba de setecientos hombres españoles y novecientas setenta y siete mujeres españolas y otros mil trescientos moradores más entre pardos y mulatos y esclavizados. Comentaba que la tercera parte no oía misa por falta de vestidos. Refería que en 1674 un temblor maltrató mucho la ciudad. A continuación, hablaba de Santiago, de la cual decía que era la frontera del enemigo francés, pero que se hallaba situada en un sitio muy ameno, alto y saludable a cuatro leguas del mar; aunque eso así, abierta y desmantelada (no amurallada). Comentaba que en 1660 los franceses la habían asolado y que su población se componía de trecientos dieciséis españoles entre hombres y mujeres, algo más de trecientos esclavizados y casi setecientas personas entre pardos y mulatos libres. Comentaba de esta ciudad que poseía una de las mejores tierras del mundo, pero que las haciendas gruesas de ganado estaban en mano de los franceses y que su casco urbano se componía de veintidós casas bajas cubiertas de teja y ciento veinte bohíos.

Su recorrido continuó por Concepción de la Vega, la villa de Cotuí, Monte Plata y su anexo el curato de Boya, Maiguana, el Seibo, Higuey, Guaba y Azua. Esta última destacaba como la tercera ciudad más grande con quinientos ochenta y dos moradores: cincuenta españoles hombres, veinticuatro españolas mujeres, ciento noventa y seis esclavizados y poco más de trecientos entre mulatos y pardos. En realidad, la describe como una ciudad de ochenta bohíos, donde todos los hombres acudían a sus rancherías y que había sido robada y quemada por los franceses en 1656 y 1674.

En total, contabilizó seis mil cuatrocientas treinta personas de confesión. La población se componía de dos mil cuatrocientos treinta y cuatro españoles y el resto estaba compuesto por algo menos de un millar de esclavos y más de la mitad de la población total, de pardos y mulatos libres. Para concluir, hacía referencia al estado de la clerecía de la isla, que refería era escasa. Que había trece sacerdotes desocupados y sin oficio, de los cuales tres que tenían valor: don Diego de Palencia, don Francos de Medina y don Antonio Girón de Castellanos, nunca querían salir de la ciudad. El resto eran iletrados y sin esperanzas de fiar la administración de los sacramentos y que solo podría echar mano de ellos en caso de extrema necesidad. El mismo desánimo en sus comentarios dejaba entre ver de las ordenas regulares. Para cerrar el informe, resaltaba la riqueza de las minas de cobre y azul de Cotuí y afirmaba que en general la tierra de la Isla era de las mejores que el rey poseía en todos sus reinos y señoríos, que solo faltaban obreros: porque los de acá morirán de hambre por no trabajar.

Proyecto de investigación: Connected Worlds: the caribbeans Origin of Modern World. This project has received funding from the European Union´s Horizon 2020 research and innovation programme under the Maria Solodowska Curie grant agreement N° 823846.

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Doctor en Historia, Investigador Centro de Estudios Caribeños. PUCMM