Era domingo y estaba hambriento

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Lo conocí una tarde hace ya muchos años, cuando se presentó de improviso ante mi escritorio de subjefe de redacción de este diario. Estaba empapado por el fuerte aguacero y se me hacía imposible distinguir si lo que corría por su rostro, con aquella inolvidable mirada perdida en algún lugar, era agua de lluvia o simplemente lágrimas. En la madriguera donde vivía, la pobreza había dejado en él su marca indeleble.

A causa del barro y la dureza del pavimento, sus pies, siempre descalzos, se habían hipertrofiado al punto que ya no resistía zapato alguno. La vez que los tuvo los había perdido la tarde que los dejó a orillas del charco para bañarse, porque el agua nunca brotaba por el viejo grifo que su padre, la última vez que estuvo en casa, golpeó salvajemente con una piedra. Para sobrevivir aprendió a hurtar. Comenzó llevándose una naranja de un puesto de frutas a pocas cuadras del barracón donde él, su madre y sus dos hermanitos compartían ilusiones y estrechez huérfanos de esperanzas. Con el tiempo desarrolló inverosímiles habilidades. Trepando paredes descubrió un frutal donde sació su hambre más de una vez, a cambio de una costilla y una deformidad en su antebrazo izquierdo.

Conoció al único hombre que verdaderamente se compadeció de él en la más penosa circunstancia. Fue un policía que en vez de llevarle a la cárcel para menores, permitió que siguiera en libertad perdiéndose en el vicio y la miseria. El cura de la iglesia no tuvo ese día un pedazo de pan que darle y tenía los labios secos. Gritó y apenas alcanzó a escuchar su propia voz. Un doloroso vacío crecía en su abultado estómago lleno de lombrices y picadas de insectos. Caminó y caminó hasta extenuarse. Entonces vio aquella puerta abierta. Y penetró. “Corre”, le dijo después el agente.”¿Dónde?, le inquirió. “Donde no te peguen”. “¿Dónde no le pegan a niños como yo?” Era domingo y estaba hambriento.

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