Sir Bertrand Russell y su blanda utopía

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En los días de la revuelta estudiantil de París en mayo del 68, el político ecologista franco-alemán Daniel Cohn Bendit proclamó:
“Seamos realistas, pidamos lo imposible”. Hará más de veintitrés siglos [de la República (Politeia) de Platón a Una Utopía Moderna (A Modern Utopia) de H. G. Wells] que el hombre ha soñado con la conquista de un oxímoron: la realidad irreal de una sociedad perfecta, sin injusticias ni explotación, ajena al atropello y a las desigualdades de toda índole.

Podríamos entender, tal vez, la utopía como la cara opuesta de la Realpolitik, de la ‘política realista’. Una sociedad utópica, se ha dicho, funciona perfectamente dado que se mueve en el vacío. La utopía del socialismo científico se derrumbó por el peso propio de sus ilusas entelequias. Quizá José Saramago entendiera mejor que nadie tal catástrofe: “El gran drama del socialismo es el desencanto, algo que nunca le pasará al capitalismo porque este no promete la felicidad”.

Y, de este modo, no cuajará la esencia de la quimera, salvo que el ensueño colectivo sea guiado por un redentor (llámese Cristo o Mahoma), capaz de divinizar la fe con nexos sacramentales de salvación similares a los del embrujo utópico. Así, en el límite de la conciencia trágica de su imposibilidad, Santa Teresa de Jesús gritará: “Y aunque no hubiera cielo yo te amara, y aunque no hubiera infierno te temiera”.

Formas atenuadas de utopía, acaso inofensivas y aligeradas de la bruma espesa y coagulada de lo ilusorio, abundan en el pensamiento de todos los pueblos en cualquier tiempo. Digamos, el escritor francés Emile Zola –el poeta de lo real, como lo llama Clarín– no resiste el impulso de formular una teoría científica de la literatura; algo así como un vanidoso empeño de asimilar el arte literario a la ciencia. De su lado, el padre del positivismo, Augusto Comte, sueña con una sociología científica, suerte de religión de la humanidad que garantice el orden y el progreso reclamado por la burguesía triunfante de la primera mitad del siglo XIX. Dentro de la moldura del positivismo nacen, también, las aberradas teorías criminalistas de los italianos Lombroso y Ferri; empeñadas en establecer las características físicas de los criminales natos, a fin de eliminar a los sospechosos antes de su paso a las vías de hecho.

No sería este el caso del eminente Sir Bertrand Russell (1872-1970), el filósofo, matemático y escritor británico, premio Nobel de Literatura 1950. En un breve ensayo escrito en 1935, el pensador inglés formula un Elogio de la ociosidad. Podríamos acaso entender el título a modo de un sueño lúdico, de una benigna utopía sin huesos, cuando en la realidad se trata de un vigoroso alegato a favor del tiempo fructuoso de los seres humanos.

En el inicio de su escrito, Russell apunta: “Como casi toda mi generación, fui educado en el espíritu del refrán ‘La ociosidad es la madre de todos los vicios’. Niño profundamente virtuoso, creí todo cuanto me dijeron, y adquirí una conciencia que me ha hecho trabajar intensamente hasta el momento actual. […] Creo que se ha trabajado demasiado en el mundo, que la creencia de que el trabajo es una virtud ha causado enormes daños y que lo que hay que predicar en los países industriales modernos es algo completamente distinto de lo que siempre se ha predicado”.

En los prolijos argumentos de sir Bertrand cabalga la justificación histórica del ocio: “[…] los atenienses propietarios de esclavos, por ejemplo, empleaban parte de su tiempo libre en hacer una contribución permanente a la civilización, que hubiera sido imposible bajo un sistema económico justo. El tiempo libre es esencial para la civilización, y, en épocas pasadas, sólo el trabajo de los más hacía posible el tiempo libre de los menos. Pero el trabajo era valioso, no porque el trabajo en sí fuera bueno, sino porque el ocio es bueno. Y con la técnica moderna sería posible distribuir justamente el ocio, sin menoscabo para la civilización”.

La vida triste en la Inglaterra gobernada por la Casa de Hannover emerge asimismo en sus reflexiones: “La idea de que el pobre deba disponer de tiempo libre siempre ha sido escandalosa para los ricos. En Inglaterra, a principios del siglo XIX, la jornada normal de trabajo de un hombre era de quince horas; los niños hacían la misma jornada algunas veces, y, por lo general, trabajaban doce horas al día. Cuando los entrometidos apuntaron que quizá tal cantidad de horas fuese excesiva, les dijeron que el trabajo aleja a los adultos de la bebida y a los niños del mal. Cuando yo era niño, poco después de que los trabajadores urbanos hubieran adquirido el voto, fueron establecidas por ley ciertas fiestas públicas, con gran indignación de las clases altas. Recuerdo haber oído a una anciana duquesa decir: “¿Para qué quieren las fiestas los pobres? Deberían trabajar”.

Sir Bertrand Russell estuvo en Rusia y se reunió con Lenin en 1920. Expresó, a su regreso, que “estaba infinitamente descontento en esta atmósfera, sofocada por su utilitarismo, su indiferencia hacia el amor y la belleza, y el vigor del impulso”. Concluyó que “Lenin era un tipo que se pretendía científico y que presumía de actuar siguiendo las leyes de la historia, pero no veía en él ninguna traza de ciencia” […) similar a un fanático religioso, frío y poseído por un desamor a la libertad”.

Cual ramalazo de británica ironía, él dirá luego: “Recientemente he leído acerca de un ingenioso plan propuesto por ingenieros rusos para hacer que el mar Blanco y las costas septentrionales de Siberia se calienten, construyendo un dique a lo largo del mar de Kara. Un proyecto admirable, pero capaz de posponer el bienestar proletario por toda una generación, tiempo durante el cual la nobleza del trabajo sería proclamada en los campos helados y entre las tormentas de nieve del océano Ártico”.
¿Y qué pensar en torno al ocio en la sociedad norteamericana de los años 30? “En Norteamérica –afirma Russell– los hombres suelen trabajar largas horas, aun cuando ya estén bien situados; estos hombres, naturalmente, se indignan ante la idea del tiempo libre de los asalariados, excepto bajo la forma del inflexible castigo del paro; en realidad, les disgusta el ocio aun para sus hijos. Y, lo que es bastante extraño, mientras desean que sus hijos trabajen tanto que no les quede tiempo para civilizarse, no les importa que sus mujeres y sus hijas no tengan ningún trabajo en absoluto. La esnob atracción por la inutilidad, que en una sociedad aristocrática abarca a los dos sexos, queda, en una plutocracia, limitada a las mujeres…”.

Su argumento esencial a favor del dolce farniente aparece en el siguiente párrafo: “En el pasado, había una reducida clase ociosa y una más numerosa clase trabajadora. La clase ociosa disfrutaba de ventajas que no se fundaban en la justicia social […] Estos hechos disminuían grandemente su mérito, pero, a pesar de estos inconvenientes, contribuyó a casi todo lo que llamamos civilización. Cultivó las artes, descubrió las ciencias, escribió los libros, inventó las máquinas y refinó las relaciones sociales. Aun la liberación de los oprimidos ha sido, generalmente, iniciada desde arriba. Sin la clase ociosa, la humanidad nunca hubiese salido de la barbarie”.

Se trata –entendámoslo— de una hosca visión crítica del mundo industrializado: “Quiero decir, con toda seriedad, que la fe en las virtudes del trabajo está haciendo mucho daño en el mundo moderno y que el camino hacia la felicidad y la prosperidad pasa por una reducción organizada de aquél. Ante todo, ¿qué es el trabajo? Hay dos clases de trabajo; la primera: modificar la disposición de la materia en, o cerca de, la superficie de la tierra; la segunda: mandar a otros que lo hagan. La primera clase de trabajo es desagradable y está mal pagada; la segunda es agradable y muy bien pagada. La segunda clase es susceptible de extenderse indefinidamente: no solamente están los que dan órdenes, sino también los que dan consejos acerca de qué órdenes deben darse. Por lo general, dos grupos organizados de hombres dan simultáneamente dos clases opuestas de consejos; esto se llama política. Para esta clase de trabajo no se requiere el conocimiento de los temas acerca de los cuales ha de darse consejo, sino el conocimiento del arte de hablar y escribir persuasivamente, es decir, del arte de la propaganda”.

Russell piensa que “[…] las universidades proporcionan, de un modo más sistemático, lo que la clase ociosa proporcionaba accidentalmente y como un subproducto. Esto representa un gran adelanto, pero tiene ciertos inconvenientes. La vida de universidad es, en definitiva, tan diferente de la vida en el mundo, que las personas que viven en un ambiente académico tienden a desconocer las preocupaciones y los problemas de los hombres y las mujeres corrientes”.

Basado en su creencia de una humanidad compasiva, Russell afirmará: “En un mundo donde nadie sea obligado a trabajar más de cuatro horas al día, toda persona con curiosidad científica podrá satisfacerla, y todo pintor podrá pintar sin morirse de hambre […] los escritores jóvenes no se verán forzados a llamar la atención por medio de sensacionales chapucerías, hechas con miras a obtener la independencia económica que se necesita para las obras monumentales, y para las cuales, cuando por fin llega la oportunidad, habrán perdido el gusto y la capacidad. […] los maestros no lucharán desesperadamente para enseñar por métodos rutinarios cosas que aprendieron en su juventud, y cuya falsedad puede haber sido demostrada en el intervalo”.

Y, finalmente, dirá: “Puesto que los hombres no estarán cansados en su tiempo libre, no querrán solamente distracciones pasivas e insípidas. Los hombres y las mujeres corrientes, al tener la oportunidad de una vida feliz, llegarán a ser más bondadosos y menos inoportunos, y menos inclinados a mirar a los demás con suspicacia […] Los métodos de producción modernos nos han dado la posibilidad de la paz y la seguridad para todos; hemos elegido, en vez de esto, el exceso de trabajo para unos y la inanición para otros. Hasta aquí, hemos sido tan activos como lo éramos antes de que hubiese máquinas; en esto, hemos sido unos necios, pero no hay razón para seguir siendo necios para siempre”.

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El profesor Juan Bosch, Gabriel García Márquez y Julio Cortázar, entre otras figuras de relieve mundial, formaron parte del Tribunal Russell II (constituido por iniciativa de sir Bertrand Russell), a cargo de investigar, en 1975, las violaciones a los derechos humanos en los países de América Latina. l

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