Los últimos días de la era de Trujillo.
Los últimos días de la era de Trujillo.

 Capítulo uno del libro de Miguel Guerrero:

“La fuerza y debilidad de los dictadores consiste en haber establecido un pacto con la desesperación de los pueblos”. George Bernanos.

A las 10 de la noche del 30 de mayo, Rafael Leonidas Trujillo Molina estaba muerto.  Su cuerpo, bañado en sangre y agujereado por todas partes, yacía en el baúl de un automóvil en la marquesina de la casa de uno de los conjurados.  Los hombres que habían planeado y ejecutado la acción pertenecían ya a la historia.  Cumplida la primera y más difícil parte del plan, meticulosamente organizado durante meses, quedaba solo cumplir con la segunda, el apresamiento de los familiares y colaboradores, civiles y militares, del dictador.

El cuerpo de Trujillo fue trasladado en uno de los automóviles utilizados en la emboscada, hasta la residencia del general retirado Juan Tomás Díaz, porque la Figura clave en la fase política de la conjura, el mayor general José René Román Fernández (Pupo), Secretario de las Fuerzas Armadas, y sobrino político del Generalísimo, había exigido pruebas concretas de la primera acción para ponerse en movimiento.  El cadáver de Trujillo, echado como un fardo en el baúl de un auto, era la más irrefutable de las evidencias.  Ahora quedaba por localizar a Román.  Las dos horas siguientes, últimas del martes 30 de mayo, resultarían decisivas y modificarían las vidas de los conjurados y sus familias y la de toda la nación dominicana.

Durante los angustiantes e interminables meses de conspiración, la casa del general Díaz se convirtió en el centro de la actividad del grupo.  Hacia ella, pues, debían concurrir esa noche las diligencias, esfuerzos y ansiedades.  La confirmación de la noticia llegó primero de labios de uno de los más jóvenes de los conjurados, Huáscar Tejeda, quien no podía dominar su excitación.  Detrás de él, con diferencias de segundos, fueron entrando los demás.  Desde temprano les esperaban allí por información, Luís Amiama Tió, Miguel Angel Báez Díaz y Modesto, éste último, hermano del general Díaz.

Esa tarde, el teniente Amado García Guerrero, del cuerpo de ayudantes militares de Trujillo, había llamado para dar la noticia que todos esperaban.  El Jefe se proponía ir esa noche a su casa de descanso en San Cristóbal, distante a 26 kilómetros al suroeste de la capital.

Los conjurados estuvieron aguardando paciente e inútilmente por esa oportunidad durante días.  Noches antes, como venían haciendo desde hacía tiempo, se habían estacionado en sus tres automóviles en la autopista, a la espera del paso del vehículo del hombre a quien se proponían eliminar.  Luego de una vana espera, el grupo se dirigió a la residencia de Antonio De la Maza.  De todos, éste es el único que parecía no rendirse a la frustración.

-¡Será mañana o cualquier otro día.  Qué más da!- dijo a sus ansiosos compañeros.

Manuel Cáceres Michel (Tunti), cuya responsabilidad era conducir uno de los vehículos que tomaría parte en la acción, obtiene permiso de los demás para viajar esa misma noche a Moca, donde le esperaba su novia.

La tarde el día 30, García Guerrero llamó a Pastoriza (Fifí) para decirle que el “hombre” se proponía, salvo algún repentino cambio de planes, trasladarse a su casa de descanso en su ciudad natal, una vez realizara su rutinaria caminata por el Malecón de la avenida George Washington.  Después de una breve siesta tras el almuerzo, el dictador se había cambiado de ropas y puesto un reluciente y bien planchado traje del Ejército Nacional.  Trujillo acostumbraba vestirse de militar cada vez que iba a San Cristóbal.

Esta era la señal esperada.  Desde temprano, como estaba ensayado venían haciendo, los conspiradores se situaron estratégicamente a un lado de la carretera, frente a la Feria de la Paz con la cual Trujillo había conmemorado, seis años atrás, el 25 aniversario de su ascenso al poder.  No hubo tiempo para llamar a Cáceres Michel a su residencia en Moca.

Antonio Imbert fue de los últimos en incorporarse al grupo.  En una de las tantas reuniones conspirativas, Salvador Estrella Sadhalá informó una noche, a comienzos del mes de marzo, que había logrado atraerse a otro hombre.  De la Maza estalló en un acceso de furia.  Añadir a esa altura de la conspiración a otra persona iba en contra de la más elemental regla de la seguridad.

Uno de los peores momentos en todo el proceso de la conjura se produjo esa noche.  La unidad del grupo corría el riesgo de quedar afectada, con peligrosas derivaciones personales para cada uno de los implicados.  Estrella Sadhalá mantuvo la calma y pidió permiso para revelar la identidad del nuevo asociado: Antonio Imbert.  La mención del nombre produjo un sentimiento general de aceptación.  La paz volvió al grupo.

A pesar de su reciente incorporación, Imbert acariciaba la idea de eliminar físicamente a Trujillo desde hacía tiempo.  Esta, en la que estaba involucrada ahora, no constituía de modo alguno su primera experiencia conspirativa contra el dictador.  El fracaso del movimiento clandestino develado en enero de 1960, en el cual se hallaba complicado, y la suerte corrida por los implicados, la mayoría de los cuales había sido asesinado o todavía se encontraba en la cárcel, lejos de frustrarlo fortaleció su decisión.

Imbert se dedicó nuevamente “a buscar una nueva forma” de librar a la Patria del hombre que a su juicio la sojuzgaba.  Pero esta vez actuó tomando mayores precauciones.  El había logrado salvarse de las redadas organizadas por los servicios de seguridad contra los componentes del movimiento 14 de Junio, pero no podía seguir confiando en su suerte.  Creía firmemente que el asesinato de Trujillo resultaba esencial a cualquier otro plan para poner fin a la dictadura.

Fue a comienzos de 1961 cuando Imbert entabló alianza con Estrella Sadhalá.  Inmediatamente se convenció de que éste era el hombre apropiado para llevar a cabo sus planes.  Imbert le dijo a su amigo que “la única forma efectiva de dar la libertad” al país era matando a Trujillo.

Estrella se mostró de acuerdo y aprobó su punto de vista de que se imponía entrar en contacto con otras personas capaces de cooperar en la acción.  Entonces le puso en comunicación con los demás, que ya actuaban con el mismo propósito.

Tan pronto como Imbert traba contacto con De la Maza y su gente, en marzo, se integran dos grupos.  El primero, de ocho personas, debía consumar el atentado.  El segundo se encargaría de poner en movimiento la otra fase, consistente en el establecimiento de un gobierno provisional, que habría de auspiciar elecciones democráticas en un plazo prudente.  El general Juan Tomás Díaz y el secretario de las Fuerzas Armadas, mayor general José René Román Fernández serían responsables de poner en funcionamiento esta última fase.

Para hacer posible la primera, debían utilizar tres automóviles.  El primero se estacionaría en la Avenida del Malecón, en los alrededores de la Feria de la Paz, “con cuatro hombres debidamente armados”.  Era esencial que este grupo lo constituyeran personas que no se dejaran dominar por los nervios.  Tenían, además, que estar dispuestas a morir “si fuese necesario”, recordaría Imbert.

Los otros dos automóviles, con dos hombres cada uno, igualmente armados “y dispuestos a pelear”, se ubicarían más adelante, en la Autopista.

Una vez eliminado Trujillo, tenían que llevarles pruebas de ello a Román y al general Díaz.  Estos se habían comprometido a actuar sólo si podían ver con “sus propios ojos al tirano apresado o muerto”.

Superado este inconveniente y desaparecido el peligro de la presencia del hombre que regía a la nación desde 1930, los conjurados se proponían entrar al Palacio Nacional, para consumar la segunda etapa del plan “sin mayor derramamiento de sangre”.

No dispondrían de mucho tiempo, lo sabían.  Mientras se apoderaban del Palacio, personas ya ubicadas y reconocidas por su “seriedad” y oposición al régimen, debían ser instaladas como integrantes de un nuevo gobierno cívico-militar, para poner en marcha el proceso de transición que debía conducir a la celebración de elecciones libres.  Entre tanto, Estrella e Imbert, acompañados del personal requerido, cumplirían la misión de trasladarse a la penitenciaría de La Victoria para poner en libertad a todos los prisioneros políticos.

Este era, a grandes rasgos, el plan acordado por los conspiradores y que Imbert detallaría en un documento que redactaría tres noches después, al iniciar una vida de prófugo que se prolongaría por seis meses.

Determinado el objetivo, el primer problema a resolver se relacionaba con la forma de conseguirlo.  Trujillo acostumbraba ir los martes y jueves a su finca en San Cristóbal, por lo regular en la noche.  Aquel martes parecía la mejor oportunidad.  La autopista ofrecía un excelente escenario para llevar a cabo tan temeraria acción.

La estrecha amistad de Estrella con oficiales de la Guardia personal del Jefe, permitió superar la dificultad que presentaba obtener con la anticipación necesaria, algunos detalles de los movimientos de éste, previos al día de la ejecución.  Estrella no tuvo mayores problemas para obtener el consentimiento de un joven oficial de la escolta de Trujillo, el teniente Amado García Guerrero.  Como los demás, el correcto oficial tenía razones personales para desear quitarle de en medio.  Una prohibición oficial había frustrado recientemente su matrimonio y él no podía olvidar esa afrenta.

Eran los conjurados todos hombres muy distintos, ligados por el vínculo común de su rechazo al dictador.  En alguna época, cada uno de ellos había estado asociado al régimen y disfrutado de los privilegios que ello significaba.  Ahora se proponían cada cual guiado por su propia y fuerte motivación personal, dar muerte al tirano.

Los detalles de cómo iba a ser emboscado Trujillo estaban aprobados desde mediados de marzo.  Pero la oportunidad de ponerlos en práctica parecía ir alejándose.  La tensión fue destruyendo los nervios del grupo.

Como ocurrió varios días antes, el aviso del teniente García Guerrero a Pastoriza podía resultar en otra vana espera en el malecón.

Después que el teniente García Guerrero avisara al ingeniero Pastoriza acerca de la intención de Trujillo de trasladarse esa noche a San Cristóbal, el grupo se dirigió a un punto de reunión acordado.

Desde las ventanas de la residencia de Estrella Sadhalá, la número 21 de la calle Cabrera, del sector Gazcue, cuatro de los miembros del grupo de acción decidieron esperar por la confirmación del detalle que los moverían a ponerse, como otras tantas veces, en movimiento.  De la Maza, García Guerrero, Estrella e Imbert podían ver perfectamente el paso de la comitiva que acompañaría a Trujillo para su caminata habitual por el Malecón.

Los cuatro saltaron de excitación cuando observaron de lejos a Trujillo, caminando, descender la Avenida Máximo Gómez, seguido de una larga hilera de colaboradores civiles y militares.  Mirando a través de la ventana con catalejos, Imbert distinguió, a pesar de la naciente oscuridad, las vestiduras militares el hombre a quien se proponían eliminar.

Pasó el dato a sus tres compañeros parados en frente e inmediatamente se dirigieron a los puestos acordados en la Avenida George Washington.  Comprobaron la hora.  Eran aproximadamente las siete de la noche.

Como estaba convenido, dos de los autos se situaron unos tres kilómetros al oeste en la carretera.  Uno de ellos estaba ocupado por Huáscar Tejeda y Pedro Livio Cedeño.  El otro únicamente por Pastoriza.  La misión de este grupo consistía en darle alcance al carro de Trujillo en la eventualidad de que sus otros cuatro compañeros –Imbert, De la Maza, Estrella y García Guerrero-, que esperaban más atrás por el paso de su víctima, no pudieran situarse, por cualquier circunstancia, delante de aquel.  Ellos tendrían entonces que actuar en su lugar.

Se separaron y quedaron a la espera.  Imbert conduciría el primer automóvil, un Chevrolet negro modelo 1958 de Antonio De la Maza, quien se sentaría a su derecha.  Detrás, del lado derecho, estaría el teniente de la Guardia Presidencial.  Estrella no haría en el otro extremo.

La espera parecía interminable y alguien planteó la conveniencia de una nueva retirada para evitar sospechas innecesarias.  De pronto vieron pasar frente a ellos, a mediana velocidad, el Chevrolet Bel Air, azul celestre, modelo 1957, que llevaba a Trujillo a su finca.  Pese al color de los vidrios, pudieron determinar que sólo dos hombres ocupaban el auto.  El Jefe parecía distraído con la vista al frente en la parte derecha del sillón trasero.  El capitán Zacarías de la Cruz conducía tranquilamente, ajeno por completo a lo que les esperaba.

Eran exactamente las 9:45, cuando los cuatro abordaron apresuradamente su coche, en persecución del hombre más poderoso de la nación.  Al llegar a las proximidades de la Feria Ganadera, lograron darle alcance y colocarse detrás.

La marcha continuó hasta un poco más adelante.  Unos trescientos metros más allá de un punto iluminado, Imbert pisó el acelerador y le pidió pase al auto delante del suyo mediante un cambio de luces.  El chofer de Trujillo movió el coche hacia un lado e Imbert logró situarse paralelo al tiempo que daba orden de abrir fuego.

El plan era concentrar los disparos hacia la ventanilla del conductor, con el propósito de capturar vivo a Trujillo.  De la Maza y García Guerrero dispararon los primeros, sin dar en el blanco.

Zacarías de la Cruz detuvo bruscamente el auto y el coche persecutor pasó rápidamente delante del suyo.  Imbert giró en redondo un poco más adelante y avanzó hacia su blanco.  A una distancia que él calculó entre quince o veinte metros, sintió el fuego de ametralladora proveniente del vehículo de Trujillo. Imbert frenó y los cuatro ocupantes salieron.  Imbert y De la Maza avanzaron hasta ponerse en la parte delantera de su auto, mientras el teniente García Guerrero y Estrella Sadhalá disparaban, protegiéndose, desde la parte trasera.

Durante un lapso que Imbert calculó después entre “tres y cinco minutos”, continuó el intercambio de disparos.  Imbert notó que estaban haciendo sonar la sirena del auto de Trujillo y concentró entonces sus disparos hacia el lado del conductor.

De la Maza le dijo que la acción se estaba dilatando mucho y había que terminar de una vez.  Imbert asintió y arrastrándose se acercó a sus otros dos compañeros para decir que él y De la Maza se proponían llegar hasta el otro coche y que debían cubrirlos.  Uniendo la acción a las palabras, De la Maza rodeó el vehículo para acercársele por detrás, mientras Imbert hacía otro tanto por delante.  En tanto sus dos compañeros intensificaban el fuego.

Desde su nueva posición, De la Maza comenzó a disparar e Imbert pudo escuchar perfectamente gritar:

-¡Tocayo, va uno para allá!

Imbert sintió una ráfaga de proyectiles zumbar cerca de él mientras una figura gruesa salía hacia la parte delantera del carro atacado.  Por el grito y el metal de la voz supo de inmediato que era Trujillo y que estaba herido.  El cuerpo avanzó unos pasos en dirección suya y cayó al suelo, como a tres metros de donde él se encontraba, en medio del pavimento.

El cuerpo de Trujillo estaba boca arriba, con la cabeza en dirección a Haina.  No se movió más.

Los otros dos automóviles habían logrado llegar al lugar en plena emboscada.  Cedeño, que ocupaba el primero de ellos, resultó herido en la refriega.  Los demás lo ayudaron a entrar al de Imbert, mientras decidían qué hacer con el cadáver.  De la Maza cree que el chofer de Trujillo, al que habían logrado herir, había escapado internándose en los matorrales vecinos a la carretera.

Apremiados por el tiempo, introdujeron el cadáver de Trujillo en el baúl del primero de los autos y emprendieron el regreso a la ciudad.  Uno de los tres carros –el Mercury conducido por Pastoriza-, había quedado abandonado en la carretera, cerca del de Trujillo, debido al pinche de un neumático.

En el primero de los dos carros, conducido por Imbert, llevando en el baúl la valiosa carga, estaban De la Maza, Estrella Sadhalá y Cedeño, quien sangraba profusamente.  Detrás, en el otro auto –un Oldsmobile de Antonio de la Maza, le seguían Pastoriza, Tejeda y el teniente García Guerrero.

Imbert dobló hacia la izquierda al llegar a la esquina de la Cervecería Presidente y salió, en dirección este, por la carretera Sánchez.  Al llegar al edificio de la Lotería, en la Feria de la Paz, giró hacia el norte para entrar a una pequeña vía que servía de atajo para conectar con la Avenida Angelita (hoy Sarasota).  Allí el grupo pensaba detenerse en una vivienda para hacer una llamada al general Juan Tomás Díaz.  Al encontrar la casa cerrada, se dirigieron, más arriba, en la Bolívar, hacia el centro de la ciudad, hasta llegar a la Calle Pasteur, donde vivía el general Díaz.

Una vez allí, Imbert se estacionó en un lado oscuro del patio, donde había varios automóviles.  Salió del auto e intentó dirigirse a la casa.  Uno de varios hombres que aguardaban en el patio, al notar el estado de las ropas de Imbert al pasar éste por un área alumbrada, le recomendó que no entrara pues “tenía toda la ropa llena de sangre”.

Imbert se dio cuenta entonces que varios fragmentos se le habían incrustado en el lado izquierdo del pecho, uno de los cuales logró perforarle una vena.  También tenía una herida en el brazo izquierdo y otra en la rodilla.  Imbert retrocedió y se paró al lado de su automóvil.  Notó que el teniente García Guerrero estaba también herido en una pierna.

El oficial le dijo que Cedeño, alcanzado por dos balazos, requería atención médica urgente.  Estrella y Tejeda regresaron al patio con instrucciones de llevarlos a curar.  Imbert continuaba sangrando mientras García Guerrero se quejaba de fuertes dolores.

A seguidas abordaron el automóvil conducido por Tejeda, quien los llevó directamente a la residencia del doctor Manuel Durán Barrera en la calle Cayetano Rodríguez.  Al desmontarse, Imbert, consciente de que algo concerniente a la segunda parte del plan parecía ir mal, trató de consolar a sus compañeros.  Les dijo que debían sentirse “satisfechos y orgullosos”.  Cualquier cosa que pasara, habían dado “el primer paso hacia la libertad de nuestro pueblo”.

Entraron a la casa y el doctor Durán procedió sin pérdida de tiempo a curarles las heridas.

Cedeño, por su parte, fue dejado en la Clínica Internacional, situada a tres cuadras al oeste del palacio Nacional.  La ausencia de Trujillo es notada de inmediato y se inicia una intensa búsqueda, que da rápidamente en el lecho de herido de Cedeño.  Antes de que expire la noche, los servicios de seguridad tienen todos los detalles de lo que ha pasado en la carretera.

La reunión en la casa de los Díaz es con el propósito de llevar a efecto la segunda y no menos importante parte del plan.

Rafael Leonidas Trujillo Martínez (Ramfis), hijo mayor de Trujillo y segundo en el mando militar, detrás de su padre ahora muerto, se encontraba en París desde hacía tiempo.  Su hermano menor, Radhamés, de 19 años, había ido a hacerle compañía a comienzos de mes.  Esta circunstancia parecía favorecer a los conjurados, pues a falta de una figura con autoridad suficiente para asumir el mando, y garantizar la continuidad de la dictadura, la acción del general Román podría resultar menos difícil.

En medio de la excitación prevaleciente, los miembros del grupo de acción más Miguel Angel Báez Díaz y Luís Amiama Tió, coinciden en la necesidad de diligenciar, a toda costa, contacto inmediato con el general Román.  Después de varios intentos infructuosos por teléfono, se decide que Amiama Tió fuera en su búsqueda.

Entre tanto, Román quedó fuera del alcance del grupo por una visita inesperada.  El general Arturo Espaillat ex–jefe de los servicios de seguridad, hombre frío y siniestro mejor conocido por los sobrenombres de La Gillette y Navajita, fue a buscarle a su casa para comunicarle su temor de que Trujillo hubiese sido objeto de un atentado.  Espaillat estaba cenando en el restaurante El Pony, en la Feria Ganadera, cuando vio pasar el automóvil del Jefe.  Minutos después alcanzó a escuchar un intenso tiroteo por el lado hacia el cual éste se dirigía y salió apresuradamente del restaurante.   Tras una breve ojeada al lugar de la emboscada fue directamente a casa de Román.

Tomado por sorpresa y enterado por el oficial del atentado, la figura clave del grupo político del complot no puedo actuar.  En lugar de entablar comunicación con los conspiradores, se dirigió a la Fortaleza Ozama.  Desde ese preciso instante la suerte de la conjura quedó condenada.

Román había sido enrolado en la conspiración por Amiama Tió.  Estaba casado con una sobrina del dictador, Mireya García Trujillo, y esto le facilitó su ascenso a los más altos peldaños del escalafón militar y acceso a los privilegios del poder.  Pero al igual que muchas otras figuras cercanas a Trujillo, con frecuencia fue objeto y víctima de sus repentinos cambios de temperamento y sometido a humillaciones.  Román puso sólo dos condiciones a los conspiradores: que se le mostrara el cadáver del dictador y luego se respetara la vida del generalísimo Héctor B. Trujillo Molina (Negro), hermano menor del Jefe, al que le unía un fuerte vínculo de afecto y amistad.  Amiama había dado su consentimiento a ambas peticiones.

El contacto definitivo que selló la participación de Román en el complot había tenido lugar en marzo.  La entrevista entre ambos estaba fijada para las seis de la tarde.  Amiama no podía dominar sus nervios ese día crucial.  La vida de todos los conjurados iba a ser puesta en riesgo en esa entrevista.  Si el secretario de las Fuerzas Armadas reaccionaba contra la propuesta todos ellos podían darse por terminados.

Intranquilo, Luís fue en procura de su hermano Fernando, abogado, diplomático y profesor universitario.  Juntos fueron, a las dos de la tarde, a la Librería Dominicana del profesor Julio Postigo, en la calle Mercedes esquina 19 de marzo, de la zona colonial.

Allí permanecieron tres horas, hojeando libros y conversando acerca de la cita importante de esa tarde.  Fernando tomó una obra sobre historia contemporánea y leyó varios capítulos.  Finalmente retiró de un estante un ejemplar rústico de “El discurso del método” de Descartes, fue a la caja y lo adquirió.

Eran las cinco de la tarde cuando los dos hermanos abandonaron la librería.   Seis manzanas más al oeste se separaron, al llegar al Parque Independencia.  Fernando se encaminó a su casa.  Luís, en cambio, abordó un taxi y se dirigió a la residencia de Román.  Fue la primera de una serie de entrevistas cruciales entre ambos que terminarían doblegando las reservas del oficial.

Luís Amiama se hallaba absorto en estos pensamientos la noche del 30 de mayo, cuando procedía a cumplir con el encargo de localizar a su compadre y amigo para que diera cumplimiento a la segunda fase de la conspiración.  Alrededor de las once, Luís llegó a la casa de Román pero éste ya había salido.  Mireya, su esposa, prometió informarle de su interés en hablarle si llamaba más tarde como ella esperaba.  Amiama acordó regresar o llamarle luego.  De ahí fue directamente al Campamento 27 de febrero, al otro lado del río Ozama, sede de la jefatura del Ejército, donde percibió un inusitado movimiento militar.

Temiendo ser arrestado, Amiama dio marcha atrás a gran velocidad a su automóvil y salió precipitadamente del área.  Fue entonces a la residencia del hermano del secretario de las Fuerzas Armadas, Ramón Horacio (Bibín), a quien tampoco pudo encontrar.  La esposa de éste, Martha Piñeyro, le informó que podía dar con él en la residencia de Alberto Bonetti Burgos (Bocico), un asociado de la familia Trujillo.  Allí lo encontró jugando a las cartas con unos amigos.  Minutos después ambos salieron en busca de Román sin poder localizarle.  Desesperados volvieron a casa de éste, donde doña Mireya carecía todavía de noticias de su esposo.

Amiama decidió regresar solo a la casa de los Díaz, donde esperaban impacientes los demás conjurados que habían tomado parte en el atentado contra Trujillo.  Bibín, sumamente preocupado, se retiró a su hogar.

Después de analizar las diferentes posibilidades, Amiama y Juan Tomás Díaz son encargados de ir en busca del ex coronel Manuel Emilio Castillo (Niní), comprometido con los hermanos Díaz en participar en la segunda fase del complot.  Castillo no se encontraba tampoco en su casa y las posibilidades de localizar a Román se desvanecieron.  Todos los planes tenían que ser aplazados.

Abandonados a su suerte, los responsables de la muerte del Generalísimo tomaron la decisión de resguardarse cada cual como pudiera.  Trujillo había sido asesinado apenas unas horas antes, pero los objetivos finales de la conspiración, el hacerse con el poder para eliminar la dictadura e iniciar un proceso de democratización política, parecían condenados al fracaso.  La prioridad era ahora poner sus vidas a salvo, siempre y cuando resultara posible.

Modesto Díaz fue a dormir en la casa de su hijo Danilo y de allí fue a la de su amigo Jesús Fernández, en la avenida San Martín, donde fue apresado por agentes del Servicio de Inteligencia Militar (SIM).  Su hermano Juan Tomás y De la Maza se trasladaron a la residencia del doctor Robert Reid Cabral, en la zona exclusiva de Gazcue.  Estrella Sadhalá optó por su propia casa y más tarde se unió a éstos.  García Guerrero e Imbert después de ira la residencia del doctor Durán, para curarse de las heridas sufridas durante el atentado, se separaron unas cinco horas después.  El primero buscó a un primo que había alquilado una pequeña casa en la avenida San Martín, más arriba de la residencia del general José Arismendy Trujillo Molina (Petán), hermano del dictador.  El segundo fue a la casa de la doctora Gladis de los Santos, una odontóloga con estrechos vínculos con los conspiradores y hermana de la esposa del doctor Durán.

 

Báez Díaz, ex síndico de la capital, se retiró a su hogar.  Huáscar Tejeda y Roberto Pastoriza se escondieron en la residencia de Manuel A. Tavares, y Amiama se trasladó a la una de la madrugada del 31 de mayo al apartamento de su hermano Fernando, en el edificio Porcella, en la calle José Contreras, en los alrededores de la universidad.  Media hora antes los dos hermanos habían conversado pro teléfono y Fernando esperó a Luís a pesar de la avanzada hora.

 

Luís fue llevado en automóvil por el joven George Rodríguez, secretario de Trujillo y prometido de su hija Ana María, quien no sabía nada de lo ocurrido.  Entró solo al apartamento y llevó a su hermano a la cocina donde le informó con detalles de cuanto había sucedido.  Ambos habían conversado alrededor de las siete y media de la noche al recibir informes de que el plan podía llevarse a cabo esa misma noche, quedando en verse más tarde.

 

Tras analizar rápidamente la situación, Luís mostró tres llaves, pertenecientes a igual número de viviendas donde podía encontrar refugio.  Una correspondía a un apartamento el ingeniero César Espaillat, emparentado con los dos hermanos.  La segunda era de la casa de don Ernesto Freites, que se hallaba deshabitada.  La última pertenecía a la residencia del ingeniero Andrés Freites, gran amigo de la familia y gerente de la compañía gasolinera norteamericana Esso.  Esta última, decidieron, ubicada en un tranquilo sector residencial al sur del colegio Santo Domingo, entre la avenida Bolívar y la calle José Contreras, ofrecía las mayores seguridades por esa noche y, tal vez, las siguientes.

 

A las siete de la mañana del miércoles 31 de mayo, Fernando fue a casa de su hermano Luís en busca de la familia de éste, su esposa Nassima y sus tres hijas Ana María, Altagracia y Pilar, a las cuales trasladó a la residencia de los esposos Juan Max Alemany e Irene Diná de Alemany, en la calle Cervantes 25, de Gazcue.  De ahí Fernando se dirigió donde su madre, Carmen Tió viuda Amiama.  Esta le esperaba, serena, en una mecedora de caoba, con un rosario semiescondido entre la falda.

 

-Mamá- le dijo-.  Me han dicho que no te sentías bien.

-¡Y tu crees, hijo mío, que yo me voy a enfermar en un día como éste!

 

De la casa de su madre, Fernando fue a ver a su hermana Mercedes, con quien ya había conversado por teléfono en la madrugada.  Luego pasó a prevenir del peligro a su otra hermana Victoria, en la calle Mahatma Ghandi 25, en cuyos alrededores los agentes del SIM realizaban ya registros en busca de los conjurados.  Al atardecer se trasladó con su familia a la residencia de la señora Alicia Sánchez viuda Troncoso, donde pasó la noche del 31.

 

Esa misma noche comenzaron a caer en prisión los miembros de la familia.  Nassima, la esposa de Luís, fue la primera.  Sus hijas, Ana María y Altagracia, fueron arrestadas dos días después.  Fernando fue hecho preso el primero de junio, día de Corpus Christi, y su familia trasladada entonces a la residencia de la viuda Troncoso, por el joven médico Pedro Pablo Pourcell, prometido de Isabel, una de sus hijas.

 

Fernando fue llevado a la prisión militar de San Isidro, situada en el kilómetro 9 de la carretera a la base.  De ahí pasó a la prisión conocida por “El 14”, en la autopista Duarte, que une a la capital con Santiago, y luego a la penitenciaría “La Victoria”.  De esta fue a parar, con los demás prisioneros relacionados con la conspiración, nuevamente a la cárcel del 9.  El día 10 cayeron sus dos hermanas y el 4 de julio la madre, doña Carmen.

 

Ramfis envió a ésta una propuesta.  A cambio de aparecer en la televisión exhortando a su hijo Luís a entregarse, se le prometía respetar su vida y poner inmediatamente en libertad a todas las mujeres de la familia detenidas.

 

El agente del SIM Cholo Villeta, un conocido de la familia, que servía de portavoz, le concedió veinticuatro horas para decidirse.  Al día siguiente, Villeta encontró a doña Carmen esperándole en la puerta, con una pequeña maleta en la mano derecha.  Villeta, sorprendido, comenzó a decirle: “Pero doña Carmelita…” Ella le interrumpió con amabilidad:

 

-Cholo, ¿has visto tu nunca a una madre enviar a un hijo al patíbulo? ¡Vamos!

 

Ante el asombro del agente de seguridad, la madre de los hermanos Amiama caminó con pasos seguros hasta el Volkswagen, el modelo de auto de los servicios de inteligencia del régimen que el pueblo había bautizado despectivamente como Cepillo, y abordó ella misma el asiento trasero.

 

Los demás conjurados fueron cayendo en las manos de los agentes del SIM.  Cinco días después del atentado de la noche del 30 de mayo, cuatro hombres abandonaron la residencia del doctor Robert Reid Cabral.  Juan Tomás Díaz, Antonio De la Maza y Estrella Sadhalá habían encontrado allí refugio, junto al doctor Marcelino Vélez Santana, uno de los cómplices.  Los registros casa por casa en busca de los prófugos, hacían peligrosa su estancia por más tiempo en el lugar.  Fueron los últimos en caer.

 

Tan pronto como salieron a la calle se separaron.  Vélez tomó un taxi y se dirigió al centro de la ciudad donde fue detenido esa misma tarde.  Estrella no sabía dónde esconderse.  Armado con una pistola abordó también un taxi y anduvo un tiempo sin rumbo, hasta que fue detenido en los alrededores del restaurante El Dragón, en la avenida Independencia, por un grupo de agentes del SIM, al frente del cual estaba el coronel Roberto Figueroa Carrión.

 

De la Maza y Díaz, a su vez, abordaron otro taxi en la calle Pasteur.  El auto dobló hacia el este en la Independencia y se internó en la ciudad vieja.

 

Después de algunas paradas, donde fueron identificados por curiosos que habían visto sus fotografías en los periódicos, hicieron tomar al chofer la calle Espaillat hacia el norte y doblar al final de esta hacia el oeste por la calle Mercedes.  En la esquina de la Julio Verne, frente al parque Independencia, seguido de cerca por varios automóviles del SIM, se apearon y decidieron darle el frente a sus perseguidores.  En el breve e intenso tiroteo ambos resultaron muertos.

 

Informado de la acción, Ramfis fue esa misma noche a la cárcel del kilómetro 9.  Situándose delante de la reja que separaba la celda donde se hallaba detenido el padre de Antonio, don Vicente De la Maza, de 86 años, gritó, dirigiéndose a Fernando Amiama y Antonio García Vásquez, quienes le acompañaban, igualmente desnudos y con las manos esposadas a la espalda:

 

-¡Díganle a don Vicente que su hijo Antonio acaba de ser muerto!

 

García Vásquez le respondió, apenas controlando su emoción:

 

-General, don Vicente es sordo.

 

-¡Dígaselo, que él oye!- dijo Ramfis.

 

Acto seguido, García Vásquez acercó sus labios al oído del anciano de elevada estatura, quien tenía los ojos fijos hacia un lugar indeterminado.

 

Don Vicente guardó silencio y miró despreciativamente a Ramfis, cuando éste se retiraba con la misma precipitación con que había llegado.

 

Las piernas del anciano comenzaron a flaquear.  Sus dos compañeros de celda tienen que ayudarle a sentarse en el piso húmero y frío, accionando sus rodillas, en vista de que las manos las tenían esposadas a la espalda.  Amiama vio brotar de sus ojos algunas lágrimas, pero notó que no dejó escapar ningún otro sentimiento.  El anciano permaneció varias horas silencioso, con los ojos húmedos fijos en la lejanía, como si nada existiera a su alrededor.

 

Fueron varias las fuentes para este primer capítulo.  Los detalles del atentado en que fue muerto Trujillo provienen mayormente de un documento redactado por Imbert la noche del 2 de junio de 1961, en la residencia donde encontró refugio definitivo.  Este documento, enviado al ingeniero Armando D’Alessandro permaneció inédito durante años.  La versión de Imbert expuesta en dicho documento, escrito en momentos en que sentía la necesidad de dejar un legado a la posteridad, ante el peligro de ser descubierto y asesinado, discrepa en algunas partes esenciales de otras versiones publicadas hasta ahora.  Al redactarlo tres días después de los hechos, con toda seguridad tenía entonces muy vivos en su mente los detalles de esa acción memorable.

           

Bernard Diederich relata en su libro: Trujillo, La Muerte de un Dictador, que excitado por el éxito del atentado, los conjurados no prestaron atención a Zacarías de la Cruz.  Este había sido empujado hacia atrás por el impacto de una bala e ido a parar “a unas yerbas contiguas a la carretera”.  De la Cruz perdió el conocimiento y los atacantes se olvidaron de él.  Mas tarde sería recogido por unos muchachos residentes en los alrededores.  Esta parte de la versión de Diederich fue confirmada al autor por De la Cruz, quien declinó entrar en detalles porque todavía acaricia la idea de poder escribir su propio libro sobre el atentado.

           

Para los demás aspectos descritos en el capítulo, sirvieron los testimonios de numerosas personas cuyas vidas quedaron afectadas por el atentado del 30 de mayo.

 

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