Juan Bosch – Pedro María Pimentel y Antonio Imbert-10

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25 de septiembre de 1963, cuando Imbert explicaba a periodistas asuntos relacionados con el golpe de Estado a Bosch. Archivo OGM

Primeros meses de 1966

En el documento redactado por Bosch, que reseñamos en una Página anterior, entregado a la Policía, a la prensa nacional y a los diplomáticos extranjeros destacados en República Dominicana, sobre el supuesto espionaje de que fue objeto, había dicho que “El preso, Pedro María Pimentel es sobrino de José Agustín Pimentel, dueño de almacenes y de la factoría de arroz Astoria. Es millonario y muy amigo de Antonio Imbert”.

Es preciso recordar que Antonio Imbert fue uno de los militares que propició el golpe de Estado contra Bosch y que fue el presidente del Gobierno de Reconstrucción Nacional en 1965, que estaba opuesto al regreso de la Constitución, y, por lo tanto, al gobierno presidido por Francisco Caamaño, partidario de la reinstalación de Boch en el poder.

La aseveración del profesor mereció una contestación de parte del propietario de la factoría Astoria, también reproducida en una Retro anterior, indicando que el acusado era su pariente lejano y que no lo unían lazos especiales de familiaridad. En cuanto a la afirmación de que dicho comerciante era “muy amigo de Antonio Imbert”, Bosch también recibió una contundente respuesta de Imbert, que indicaba que podría haber una confrontación entre los dos, “la cual podría tomar la forma de diálogo público o de una salida ´al campo del honor´, en la ´fecha, hora y lugar´ que señale el señor Bosch”. La respuesta de Imbert se produjo a través de un espacio pagado de media página del periódico, que se inserta a continuación.

15 de marzo de 1966

“General Imbert pide explicaciones al señor Bosch

“No me ha causado ninguna extrañeza, ningún género de sorpresa la insidiosa declaración del señor Bosch, aparecida en El Caribe en su edición de fecha 14 de marzo en curso, página catorce, y en la cual trata de vincularme con el melodramático incidente ocurrido en su bien guardada casa, con el joven Pedro María Pimentel.

“Repito, esa maligna insinuación del autor de “La Mañosa”, no me asombra. Armoniza perfectamente con sus raros hábitos mentales, con sus insólitas actuaciones y con su tortuosa manera de expresarse.

“El señor Juan Bosch suele acudir al testimonio de los muertos para acreditar sus frecuentes falsedades. Y cuando se trata de recriminaciones que lanza contra los vivos, rehúye medrosamente responsabilidades, y se refugia en malignos equívocos.

“Pero a hombres de mi carácter y de mi temperamento, hay que hablarles bien claro, bien preciso, bien alto. Claro, para entender lo que se me dice; preciso, a fin de que no me queden dudas, y alto, para oír bien. Me desagradan las inculpaciones embozadas, entre otras cosas, porque no traducen hombría.

“¿Qué pretende el señor Bosch al expresar que me unen estrechos lazos de amistad con el señor Agustín Pimentel, a quien él califica de millonario, no sin cierto dejo de hostilidad, y a quien enlaza, además, en parentesco con el infortunado joven del risible incidente de ayer?

“No tengo la satisfacción ni la honra de disfrutar de la íntima amistad del señor José Agustín Pimentel.

“Si sé, por honrosas referencias, que el señor José Agustín Pimentel goza de un buen nombre, que se caracteriza por su porfiado y admirable espíritu laborioso, y que, gracias a su tesonero esfuerzo ha subido desde la honesta pobreza a disfrute de bienes y bien merecidas comodidades.

“De dominicanos como éste –que nos redimen del mal que ocasionan los que no son como él–, que enaltecen al país, quiero ser amigo, porque merecen tener amigos, y lamento, como ocurre en el caso presente, no haber tenido la dichosa ocasión de expresarle a él personalmente mis sentimientos de respeto y alta consideración.

“El señor Bosch debe medirse en sus juicios, y guardar el debido miramiento a actuaciones y personas.

“El hecho de que él, Juan Bosch, haya permanecido en el exilio —que no siempre es infalible timbre de gloria–, no lo autoriza a esparcir sórdidas sospechas, ni a derramar calumnias a su antojo, tomando la honradez y la hombría de bien ajena, como peldaño para sus dudosas propagandas políticas.

“El señor Bosch todavía no le ha hecho un solo bien positivo a esta maltrecha república. Eso sí, ha acumulado sobre ella un sinnúmero de males. Ha sembrado el odio. Ha dividido la familia dominicana, incitando a una parte de ella contra la otra, y suya, únicamente suya, es la responsabilidad de los miles de muertos que bajaron al sepulcro durante la guerra civil. El y solo él, a salvo desde Puerto Rico, donde las balas no llegaban, fue quien sonsacó, con pérfidos engaños, a algunos hombres de las Fuerzas Armadas y de la Policía Nacional, y desencadenó, para nutrir su gigantesca ambición de poder, la horrible hecatombe que estalló en abril.

“Bosch no se ha distinguido nunca por haber arriesgado su vida. Pero sí ha empujado, con su diabólica demagogia, a muchos a su tumba.

“Cuando veo hombres públicos tan desaprensivos como el señor Bosch, que actúan contra todos con increíble frialdad de inconciencia, siento la tentación de creer que es verdad lo que tantas veces se ha dicho y redicho: que todas las artes producen cosas bellas, pero que sólo el arte de la política produce monstruos.

“Lo que no puedo explicarme –y a cualquiera le resultaría inexplicable–, es cómo el señor Bosch alimente ahora desconfianza contra mí. Cuando, a raíz de su derrocamiento, se vio desamparado, totalmente desamparado, solo se confió en mí, y a mí me pidió protección, protección que no vacilé en prestársela, hasta acompañarlo a la isla de Guadalupe donde lo dejé sano y salvo y haciendo declaraciones.

“No estoy hablando a título de militar. Hablo en mi condición de hombre, de ciudadano a quien le asiste la irrecusable obligación de no permitir que nadie manche o desdore su buen nombre.

“Siempre he insistido con mis compañeros de armas, en el sentido de que deben defenderse cuando se trate de agraviarlos, cuando se les denigre o infame.

“Es un derecho que tienen, y al cual no deben renunciar, porque con la abdicación de ese derecho darían ocasión a los profesionales de la mentira a que dibujen una falsa imagen del militar dominicano.

“Esto, repito, no es hacer política, sino ejercer un derecho inalienable.

“Si el señor Bosch me guarda alguna querella de cualquier tipo o carácter, –yo no la tengo con él–, que lo exprese
sin equívocos, y sin perversas mañosas insinuaciones.

“Dejo en sus manos escoger el campo para entendernos. Si quiere el del diálogo, que sea el diálogo. Pero si prefiere inclinarse por el campo del honor, que señale fecha y lugar.

“Antonio Imbert Barrera
“General de Brigada, E. N.
“14 de marzo de 1966.”

La invitación de Imbert nunca fue respondida por Bosch.
Continuará la próxima semana