¿Hacia dónde vamos?

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¿Dónde estamos? Es una pregunta difícil de responder, más allá de lo puramente geográfico. ¿Y quiénes somos? Genética aparte, nadie lo sabe. Si pensamos en hechos históricos que marcaron época, nuestros padres son hijos de la postguerra. Marcados por una conflagración fratricida, que no dejó a nadie tibio. O fríos o calientes. Reconstruir y construir, luchar por claros objetivos sociales, grupales, nacionales, eran parte de su norte y, la ideología, su signo. Eran claras y firmes posturas que daban algo de certeza a sus vidas.

Nosotros, nietos de la postguerra, nacimos cerca de la caída del Muro a finales de siglo, y nos sorprendió la crisis ideológica y el descubrimiento de la comunicación, que nos brindó de golpe el espejismo de la cercanía. Sin dudas, éramos felices y sociables.

En cambio, nuestros descendientes viven la época del relativismo en todos los órdenes, conocimiento y moral incluidos. El conocimiento global es bueno, la moral fangosa y maleable, no. Como antes, o como siempre ha sido, el interés individual prima sobre el colectivo.

Aunque si miramos bien no existen los gurúes, los “dueños del conocimiento” son ídolos de barro. La no certeza intelectual campea en el foro y en el campus y se cree infalible.

Hoy “todo depende”. La vida pasa frente a la pantalla. Somos, como nunca antes lo fuimos, solitarios.

Vivimos la época de la inseguridad y la incertidumbre. Nada vale nada, y todo vale cualquier cosa. No hay norte, ni sur (ni este ni oeste). ¿Qué sigue en esta época de la imagen y la representación donde nada es lo que parece, “todo lo que nace tiene que estar dispuesto a un ocaso doloroso, nos vemos forzados a penetrar con la mirada en los horrores de la existencia individual (…) solo que ese placer (la vida misma) no debemos buscarlo en las apariencias, sino detrás de ellas”, (Nietzsche, El nacimiento de la tragedia)?

¿Vale algo procurar hoy día ser un hombre virtuoso? Suponiendo virtuoso, en sentido kantiano, “a quien se recrea con la consciencia de sus acciones conformes al deber”, entendiéndose que en la sociedad plural “satisfacer el mandato categórico de la moralidad se halla siempre a nuestro alcance…” (Kant, Crítica de la razón práctica).

¿Podríamos pensar la “ley moral” como algo objetivo, en una época de valores diluidos, líquida y de relativismo dominante? ¿En un momento histórico donde la palabra esconde más que enseña y sirve para esconder y para “no decir” o para “no significar”?
Debemos repensar a Kant.

Aunque la respuesta “del millón” sería a la pregunta: ¿Hacia dónde vamos? ¿Qué nos depara el futuro? ¿Tiene salvación la humanidad?

Sin norte es difícil de prever. Aunque, como bien dijo el inmenso Enriquillo Sánchez quizás pensando en la canción de Pedro Infante, siempre estamos “llegando a Pénjamo”.

Al fin y al cabo, la esperanza fue la última en salir de la caja de Pandora. Aunque las calamidades son tantas, que al parecer volvió a entrar y encerrarse en ella.