En homenaje a un humilde pescador

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El mar, con una ligera brisa y un “calmazo”, le hacían intuir en sus fibras interiores, que era tiempo de buena pesca. Las cojinúas estaban jalando y habían matado algunos dorados y uno que otro atún. Rufino Gómez “echó los dientes” en ese mar de Las Salinas de Puerto Hermoso, en las entrañas de la Bahía de Calderas, Baní y conocía el temperamento explosivo de ese pedacito de mar Caribe, de la misma forma que entendía sus reposos. De posible ascendencia canaria, piel bronceada por el trajinar marino, cargaba sobre sí, 67 años de edad, en una envidiable corpulencia con fibras formadas por el quemante sol, la intensidad de la sal, la resistente vegetación de la zona y la actividad como pescador que hicieron de él, un hombre “fibroso”. Tenía salud de superviviente, alimentado con el sano resultado de su pesca. La noche anterior, había dejado lista la yola, para solo colocarle el motor de 8 HP, montar la caja de pesca con anzuelos y cordeles y asegurar la carnada que mantenía en el vivero.

Era el amanecer del 29 de agosto del 1987 cuando enfiló solo, como siempre, hacia la Punta del Meanito; giró a la izquierda hacia la Punta del Faro, dejando atrás el pueblo, las charcas y los salados, así como a la familia que confiaba en sus habilidades y destrezas. Iba hacia El Bajo, zona de pesca por excelencia de esas aguas, con la certeza de que iba a “matá peje” y sabía cómo hacerlo. No regresó al final del día y la preocupación invadió la casa con tablas y techo de Yarey, llenándose de amigos, parientes y densa pesadumbre con presagios e incertidumbres. Desde que salió el sol, muchos se lanzaron a la mar, tintada del color verdoso de la esperanza de encontrarlo sano y salvo con su fuerte voz de trueno. Infructuosos resultaron los esfuerzos desplegados por los pescadores que le buscaron en los días siguientes.

Una avioneta sobrevoló el área durante el jueves y un helicóptero oficial hizo lo mismo el viernes 2, sin resultados. El sábado 3 de septiembre, a unos 12 kms de Barahona, cerca de la orilla, Rafael, su hijo, divisó la macabra escena del cadáver desplomado boca abajo, fulminado quizás por un infarto. Intentó prender el motor infructuosamente, recordando la arraigada creencia de pescadores, que mientras el cadáver yaciera en esa posición, sería imposible hacerlo funcionar. Estaba en avanzado proceso de descomposición para voltearlo. Arrastró la yola de Rufino por decenas de millas náuticas, hasta llegar a El Derrumbao, particular sitio en plena costa sur de Las Salinas. Había pedido ser enterrado en la playa para que fuera la mar la que lamiera sus huesos, cuando descarnado descansara en paz. Lo enterraron dentro de su propia yola, como féretro, colocando una cruz que permanece, como merecido homenaje a un pescador que encarnó la valentía, de quienes desafían, con brutales desventajas, los inescrutables misterios de un mar que da y que quita.