El arte público como bien patrimonial

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El 2018 ha traído consigo el tema de los murales, una modalidad artística que ha sido asumida por buena parte de los creadores dominicanos, algunos han ejecutado sus obras por medio de la pintura, y otros se han valido del arte cerámico para llevar a cabo sus proyectos. Lo primero resulta más endeble al clima que nos cobija, toda vez que la pintura se corroe con el tiempo y, por ello, hay que estar restaurando constantemente. Lo segundo, perdura más en el tiempo, siempre que se empleen materiales nobles.

Ahora bien, resulta que buena parte de los murales que se han llevado a cabo en el país son en base a pintura y, en la mayoría de los casos, no se ha tenido conocimiento del valor que representan o del cuidado que hay que tener para preservarlos. De ahí que la fórmula más inmediata sea eliminarlos. Así, el arte dominicano ha perdido obras trascendentales de grandes creadores como fue el caso del mural del artista Ángel Haché que fue borrado recientemente del recinto de la Universidad Tecnológica de Santiago (UTESA).

A mi juicio, esto ocurrió porque no se tenía conocimiento de la importancia de la obra y, siendo UTESA un centro privado, no tomaron en cuenta que desde el momento mismo en que se decidió llevar a cabo la obra mural en la fachada de su recinto, esta acción artística se convertía en una pieza de arte público y, por tanto, patrimonio de todos. Por suerte se va a restaurar. Mi enhorabuena por ello, pues da gusto que reine la sensatez.

La educación y la cultura son esencial para que un Estado florezca. No podemos manejar estos aspectos de forma antojadiza, pues si lo hacemos, estamos afectando nuestro patrimonio. No es cuando se elimine un mural que debemos actuar, ni en el proceso, sino antes. Son muchos los murales que están a punto de perderse por su pésimo estado de conservación.

Rescatemos nuestros murales, preservemos el arte público, cuidemos las esculturas que pululan en nuestros parques y avancemos unidos por una cultura cada vez más rica y plural.