Miguel Cocco y la colección de Aduanas

Imagen de Miguel Cocco, de la autoría de José Mercader.
Hablar de esta colección, obliga a escribir de su mentor Miguel Cocco, de cómo se formó y de su mecenazgo

Muchos han sido los empresarios, grupos económicos, entidades privadas, que han tomado la iniciativa de formar colecciones importantes de arte como el BMO (Bank of Montreal); la colección privada del millonario Joey Tanenbaum; Ken Thomson, quien reunió al Grupo de los 7 y otras obras de gran relieve para Canadá; la Ydessa Hendeles Art Foundation, con numerosas piezas de arte contemporáneo; por mencionar algunos de los más conocidos.

En Santo Domingo se conoce la colección del Banco Central, la de Bellapart, la de Portela Bisonó, expuesta recientemente en Santiago, la de Ceballos, etc.

La creación de las colecciones, muchas veces, se realiza como forma de devolver al público parte de lo que ellos pagaron o invirtieron. O, también, como un mecanismo de derivar impuestos o como mero capricho. Ha ocurrido, también, como forma de aprovechar situaciones de pobreza de artistas y comprar a “precio de vaca muerta” para luego revender sus obras.

Con la colección de Aduanas no sucedió así. La colección de arte de Aduanas es un tesoro nacional. Las obras que se fueron acumulando poco a poco han convertido el recinto principal de la calle Abraham Lincoln de Santo Domingo en un verdadero museo, con su extensión en el local de la calle del Sol de Santiago.

Hablar de esta colección nos obliga de inmediato a escribir de su mentor Miguel Cocco, de cómo se formó y del mecenazgo que ejerció.

Miguel fue profesor de sociología en la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales en un momento en que la UASD podía estar orgullosa por la calidad de muchos de sus docentes de la talla de Roberto Cassá, Enerio Rodríguez, Dagoberto Tejeda, Carlos Julio Báez, Luis Gómez Pérez, Magaly Pineda, Selman el físico, Carmen Durán, Marcelino Vélez, Franklin Almeyda, Tirso Mejía Ricart, entre otros, dedicados por entero a formar ciudadanos capaces y honestos. Esa gente que leía y que ponía a leer al estudiante, Era rebelde, amante de la vida, amante de su país y de su arte.

En el caso de Miguel era notable su afición por la plástica, como se podía sentir en su oficina de la editora Alfa y Omega que fundó junto a Minerva, su compañera de toda la vida.Marcado por una verdadera ética de izquierda, era obligado que entendiese que la cultura y la educación eran renglones muy importantes para cualquier gobierno y para este país saqueado y atrasado.

En Aduanas

Una vez en Aduanas, se propuso, con energía, limpiar esa institución y lo logró colocando gente con capacidad al tiempo que armaba la colección. Miguel pudo crear concursos y conseguir, bajo el pretexto de los premios, el conjunto de trabajos que hizo; pero él era justo y formó la colección pagándoles a los artistas, sin intermediarios, el valor de cada obra. Es así como entran a Aduanas Clara Ledesma del brazo de Cándido Bidó y Rosa Tavares, Cuquito Peña con Yoryi, Elsa Núñez y Alberto Bass, más todos los pintores importantes y representantes de la plástica nacional y otros, como Vela Zanetti, que fortalecieron el quehacer artístico nacional.

Miguel contaba, aparte de su propia formación, con la colaboración de Pedro Vergés, actual ministro de Cultura y de doña Eridania Mir, quien le da hoy seguimiento al proyecto. En la presentación del catálogo, dice doña Eridania: “…esta colección museo está destinada a mostrar la calidad y visión del mundo de nuestros artistas y quienes a través de la historia de nuestra plástica han llenado de luz sus paletas…”

Si bien la colección es significativa, también lo es el catálogo en los dos tomos iniciales que contiene el conjunto de obras, lo que permite saber el contenido; pero más que eso, impedir que ocurra como en algunas instituciones públicas y museos en que parte del personal, a veces incluyendo al mismo director, se apropian de las más importantes y valiosas piezas. El catálogo de Aduanas, y la presencia de doña Eridania, como celosa guardiana de ese patrimonio nacional, asegura su preservación.

Los óleos de Jaime Colson de 1927 a 1930 junto al Yoryi de 1961, un campesino con cachimbo frente al mar, son obras de incalculable valor. Enriquece la colección la inclusión de los pintores que llegaron al país luego de la guerra civil española del 1936 y de la II Guerra Mundial. Son una verdadera belleza las figuras danzantes de Eugenio Granell, cuadro pintado en 1944, al igual que la playa de Josep Gausachs. El retrato al óleo de George Hausdorf podría estar en cualquier museo de importancia de los Estados Unidos, Europa o Rusia.

Dos maestros engalanan la muestra permanente: Gilberto Hernández Ortega y Eligio Pichardo, cuyos murales de la escuela Uruguay de Santo Domingo fueron borrados recientemente por la imbecilidad humana.

Las obras

De José Cestero se conoce una gran cantidad de Quijote. Ninguno fue superado por el que existe en la colección del Ing. Manuel Estrella que es lo que más se acerca al Guernica de Picasso. El segundo lo tiene Aduanas, donde el cervantino personaje dirige la ruta a su compañero Sancho bajo un sol, más que de la Mancha, de la Plaza España frente al Alcázar. Es uno de tres Quijote que posee.

Es, admito, imposible enumerar el catálogo completo sin incurrir en un trabajo monótono y lejano de los propósitos de este escrito, pero no puedo dejar de mencionar la presencia de obras que por su nítida factura se destacan en el conjunto: el cepillo rojo de Alberto Bass, el “Cuerpo y espíritu” de Rosa Tavares, “La madre” de Elsa Núñez. A esos se suma el “Ícaro Atlante” de Amable Sterling, quien ha realizado una obra más que extraordinaria, y que, a pesar de su ocupación docente, no ha descuidado su obra. Su exposición en la Galería del Mirador, demostró el gran maestro que es, merecedor, hace ya mucho tiempo, del Gran Premio Nacional.

Se debe mencionar también, “La Novia para Ougun” de Jorge Severino de los 80, de una limpieza y hermosura como nuestros sentimientos de dominicanidad.

Se destaca, en la escultura, un exquisito busto de Don Juan Bosch, bronce realizado por el joven René Guzmán.

Haciendo el recorrido y viendo cada obra, es imposible no admirar a Miguel, quien de manera humilde, pero certera se refiriera así:
“…tenemos que decir que la Aduana ha sido formada en su aspecto físico. Que a sabiendas, se ha constituido como un espacio, como una oportunidad, para que brille el esplendor creador del artista nacional y que exista allí su lugar de reconocimiento permanente, más allá del valor pecuniario, que de hecho, tiene cada obra exhibida…”.

Un gran apoyo a los artistas y a su arte

Formar el museo de Aduanas fue más que un gesto altruista de parte de Miguel Cocco; fue apoyar al artista en un momento en que las instituciones, con el pretexto de conformar su colección, le exigen al expositor una obra de regalo cuando debería ser que esa institución, privada o pública, incluyese en su presupuesto la adquisición de una o varias cada vez que haya una muestra.

Armar esta colección no le costó a Miguel un solo centavo. La colección se hizo con fondo del Estado, o sea, con fondo del pueblo, que es quien paga los impuestos. Y él, sin ser un especialista, con su voluntad y nivel cultural, le ha hecho un regalo reuniendo este conjunto de obras que debe ser aumentado, como buena política de esa institución. Porque Miguel no pensó nunca que todo el dinero que pasaba por sus manos en Aduanas era de su propiedad, como suele ocurrir con algunos funcionarios en algunas instituciones públicas.

La colección de arte de Aduanas es una muestra más de la pulcritud de cómo Miguel manejó esa institución. Se constituye en un ejemplo a seguir.

También debo agregar que no solo fue reunir las obras, sino que, además, hay un criterio de mantenimiento, de restauración en caso de que una pintura se raye o le ocurra cualquier daño y, claro, la vigilancia de un patronato. Porque es penoso ver la cantidad de obras en vía de deterioro en otras colecciones públicas. No es falta de presupuesto, ni de técnicos especializados, es falta de criterio, es el necesario giro que tiene que dárseles a algunas instituciones para que sean dirigidas por gente competente. Como dice el eslogan del Ayuntamiento de Santiago (y no es payola) ES HORA DE VIVIR EN ORDEN, que traducido al cibaeño significa, mondonguero a tus zapatos… no podemos vivir como chivos sin ley.