Mare Nostrum (3)

José Antonio Escudero.

El azul viste al azul de una estridencia y, vibración loca, funde, borra y confunde.  Se crea así el mar, desnudez segunda.
Abdelmajid CHORFI (1939)Braudel postula una nueva historia, diferente a la historia convencional.

Será una perspectiva desviada de las tradiciones decimonónicas, basada en la comprensión de los ciclos largos y en una mayor atención a las estructuras económicas, a los vastos conglomerados culturales, a los flujos demográficos y a la geografía. Al distinguir entre el tiempo corto y la larga duración, Braudel se apoya en la noción de estructura a modo de herramienta analítica. Él dice: “Una estructura es una organización, una coherencia, unas relaciones suficientemente fijas entre realidades y masas sociales. [..] indudablemente un ensamblaje, una arquitectura; pero más aún, una realidad que el tiempo tarda enormemente en desgastar. Y transformar”.

La Segunda Guerra Mundial influyó en el pensamiento de Braudel al inspirarle su más grande aporte: el concepto de las tres duraciones aplicable al estudio de las metamorfosis históricas. En el ‘tiempo largo’, con la velocidad más lenta, los cambios duran milenios para construir “una historia casi inmóvil del hombre en sus relaciones con el medio que le rodea”. El ‘tiempo medio’ fluye con cadencia de siglos, en los que cambian los rasgos superficiales de un proceso. aunque dejando pistas visibles que identifican su naturaleza primigenia. Y el ‘tiempo corto’, de cambios acelerados (en meses, días, segundos), de muy difícil comprensión y registro, cual fugitivo y “efímero polvo de la Historia”… (PDM)

Roma acoge e incorporala civilización helenística Fernand BRAUDEL

La helenización de Roma había empezado hacía siglos y el griego se estaba convirtiendo poco a poco en el segundo idioma de los hombres cultivados, como el francés en la Europa de la Ilustración, ¡con la diferencia de que la primacía del griego durará muchos siglos, y no uno solo! La lección de los griegos tenía tanta altura que el alumno no era capaz de superar al maestro, ni siquiera de alcanzarlo. Es así desgraciadamente para la ciencia, que se quedará en el punto en que la dejó Grecia. También lo es más o menos para la filosofía, orgullo del pensamiento griego.

Roma asimilará lentamente sus lecciones, no sin protestar. La Roma oficial incluso expulsará en muchas ocasiones a los filósofos.

Sin embargo, protegidos por algunas grandes familias, acabarán implantando en Roma algo del pensamiento griego nacido de los años tormentosos que vinieron tras la muerte de Alejandro (323).

Sin embargo, si bien en Roma el epicureismo inspira a Lucrecio (99-55 a. C), si el estoicismo está llamado a ocupar una gran posición que culminará con Marco Aurelio, ¿podemos hablar de una filosofía latina original? Los historiadores de la filosofía lo niegan todos a una, cazando ferozmente el plagio en la obra de Cicerón o de Séneca.

El arte griego, que sólo había llegado a Roma indirectamente, a través de Etruria o de Campania, es un verdadero descubrimiento en el siglo III, tras la toma de las ciudades de Sicilia, las campañas de Oriente y la decisiva reducción de Grecia a la condición de provincia romana (146 a.

C). Entonces, con la ayuda de la riqueza y el lujo, Grecia, donde sólo la filosofía había llegado a las familias patricias, transforma de golpe el arte mismo de vivir en Roma. Los artistas griegos o del Oriente griego afluyen y entran al servicio de una clientela rica bastante mal informada, pero con un esnobismo que la lleva a coleccionar, sin enterarse mucho, las obras de arte para decorar casas y villas. Con el apetito de una civilización que está en la infancia, Roma se lo traga todo como viene: las grandes composiciones históricas de Pérgamo, las chucherías o el barroco desatado de Alejandría, la frialdad del neoaticismo, e incluso las mejores obras de arte del antiguo clasicismo griego.

Originales y copias (fabricadas en Atenas para Occidente a un ritmo industrial) afluyen hacia Italia, amontonándose en los anticuarios. Cicerón pide “bajorrelieves para su villa de Túsculo” a su riquísimo amigo Ático que, desde Atenas, envía a Pompeya estatuas destinadas a su teatro, el primer teatro de piedra construido en Roma (55 a. C). Unos años más tarde, cuando se reconstruye el templo de Apolo a comienzos de la época de Augusto, se hace sobre un modelo helenístico y las estatuas y pinturas famosas que se amontonan, todas ellas griegas, lo convierten en un verdadero museo.

Las originalidades romanas

No hay civilización que pueda vivir únicamente del bien ajeno.

Cuando se convierte en la capital de un helenismo dispuesto a propagarse y que imita con pasión, Roma ya es una sociedad anclada en sus tradiciones. Aunque haya renegado de ellas para desesperación de Catón, sigue guiada por gustos antiguos que la dirigen hacia opciones cuyo significado será patente antes o después, cuando su admiración por Grecia ya no esté teñida con el sentimiento de su propia inferioridad. Además, también hay exigencias. Después de Actium, hay que reconstruir, construir, ocuparse de lo más urgente, terminar una obra para empezar otra.

Roma ve afluir hacia ella una población creciente, sin proporción alguna con la de las ciudades griegas, salvo Alejandría. El urbanismo plantea sus problemas. No es de extrañar que sea en la arquitectura donde Roma afirme antes su personalidad. Sila, Pompeyo, César, Augusto, tuvieron que ponerse manos a la obra.

Agripa rehace las canalizaciones de la ciudad; Augusto construye tres o cuatro nuevos acueductos, añade al foro de César un nuevo foro separado por un muro del barrio de la Subura, en el Esquilmo, donde viven los mimos, los gladiadores, los ganapanes y los miserables. Con ello, separa la ciudad oficial, revestida de mármol (novedad del siglo II a. C, tomada de los griegos, que se desarrolla con la explotación de las canteras de Carrara) de la ciudad piojosa, construida a la antigua, con madera y adobe, donde se producen incendios continuamente. Luego vendrán innumerables construcciones: foros, basílicas, termas, teatros, circos, templos, palacios, e incluso casas de vecindad de varios pisos.

La arquitectura romana acepta y adapta todos los medios y elementos conocidos. Las columnas dóricas, jónicas, corintias, se utilizan modificadas: la dórica, simplificada y sobre un pedestal, se convierte en el orden llamado toscano; el orden llamado compuesto combina la hoja de acanto corintia y las volutas jónicas. Sin embargo, lo más poderoso que tiene la arquitectura romana se debe al arte funcional de los ingenieros. Favorecido por el uso del hormigón, crea maravillosos puentes y acueductos, multiplica los arcos, las cúpulas, las bóvedas de medio punto y las bóvedas de arista, libera al arquitecto de la esclavitud de las columnas o pilares importantes, permite los amplios volúmenes interiores que necesita la masa de usuarios. Así se crea, por su propia necesidad, el estilo grandioso de Roma.

El Coliseo, comenzado por Vespasiano y terminado por su hijo Domiciano, es un buen símbolo de ello. Se trata de un récord no superado: mide 188 m por 156 y 527 de contorno; la altura del muro exterior es de 48 m y podía añadirse un piso de madera; 50 a 80.000 espectadores podían acomodarse alrededor de la inmensa arena de 80 m por 54. Su nombre le venía del Coloso, estatua de Nerón de más de 30 m de altura, a modo de dios solar.

En el campo de la pintura y la escultura, el arte romano se libera lentamente de sus modas helénicas. Los artistas griegos son demasiado numerosos para que el gusto local surja con rapidez. Es más fácil advertirlo fuera de Roma. Efectivamente, existe un arte popular —R. Bianchi Bandinelli lo califica de “plebeyo”—, un arte que no es romano, sin más, sino más bien del sur de Italia y que será uno de los rasgos originales de Roma. Es un arte recio, realista, cerca de las cosas y de los seres, si quisiéramos forzar las comparaciones; un poco como el arte francés del Loira cuando se le compara con el ejemplo prestigioso y culto del Renacimiento italiano.

Un arte local irá ocupando su lugar poco a poco, como si tomara la revancha contra la influencia extranjera, pero será un proceso lento y comedido. Así nacerá un arte compuesto, el primer estilo “romano” del que tenemos un ejemplo precoz en las esculturas del altar de Domicio Enobarbo (entre el 115 y el 70 a. C). Sin embargo, el arte oficial de Roma conservará durante tiempo la huella extranjera. No olvidemos que el Laoconte del museo Vaticano, obra de escultores de Rodas, suscitó la inmensa admiración de los romanos, empezando por Plinio el Viejo. El retrato de Augusto llamado de Porta Prima coloca curiosamente la cabeza y la coraza del emperador sobre el cuerpo griego del Doriforo de Policleto.

En el arte privado del retrato reconocemos el arte romano por excelencia. A menudo se ha relacionado con los orígenes etruscos de Roma, y es verdad que un cierto verismo anima las estatuas de terracota o de bronce de la antigua Etruria. Sin embargo, se relaciona con mayor seguridad con la tradición romana del ius imaginis, privilegio de las familias patricias. Polibio relató con detalle el espectáculo, extraño para sus ojos, de los funerales de la nobilitas y el papel que desempeña la imago, máscara de cera que las grandes familias conservan de cada uno de sus muertos, de acuerdo con una tradición relacionada con el culto a los antepasados. Estas máscaras frágiles de cera, moldeadas sobre el rostro del difunto, dejarán paso a bustos de piedra o de bronce, cuyo realismo seguirá siendo extraordinario. La influencia helenística añadirá a veces una nota pretenciosa, pero el retrato romano, tallado o pintado, conservará de su tradición más antigua una gran fuerza expresiva, y siempre una relativa sobriedad. En todo caso, en tiempos de Augusto, la oposición entre su belleza sencilla y los virtuosismos de un arte oficial, bajo el signo de la imitación, es flagrante.

Hará falta tiempo para que el arte imperial deje de ser un “préstamo cultural, para convertirse en un alimento asimilado y transformado en una nueva cultura”. Otra novedad: la confesión (¿es una confesión?) de las atrocidades cometidas, además de la entrada en escena de los pequeños actores de una inmensa aventura: soldados, cocheros; pontoneros… Por primera vez, se honra al héroe anónimo.