Del baúl de los recuerdos

El Mercado Modelo, de la avenida Mella, es el lugar donde pueden encontrarse la mayoría de estos utensilios.

Un paseo por el pasado. Un vistazo a aquellas cosas que la tecnología y los tiempos modernos fueron echando al olvido

La vida, a lo largo de la extensión del territorio dominicano, desde los tiempos más remotos, es una intensa colección de historias.
Las costumbres, los artefactos y la forma de vivir la cotidianidad, siempre, sin importar la época, muestran el ingenio y creatividad del ser humano y, por ende, también de los hijos de Quisqueya.

Con el paso de los años, han sido notorias las enormes diferencias entre el estilo de vida en las clases altas y bajas, pero también entre la gente del campo y la de la ciudad. Desde los tiempos más remotos, las personas buscan subsistir de la mejor forma posible, aun en las condiciones más difíciles, con pocos recursos y haciendo “de tripas, corazón”, para no morir en el intento.

Los estudios que dan cuenta de la forma de vida de las culturas más antiguas, en el caso de la isla La Española, los indígenas, demuestran cómo estos, con piedras, palos, hojas de los escasos cultivos y otros materiales recolectados del monte, se las ingeniaban para cocer sus alimentos, cubrir sus cuerpos del frío y la desnudez, protegerse de la intemperie y proveerse de lo esencial para la vida.

También, se las ingeniaban para lucir lo mejor posible.
Con el paso del tiempo, el ingenio humano y el surgimiento de nuevas herramientas, fueron un apoyo para que esos elementos rudimentarios fueran convertidos en piezas dotadas de cierto modernismo, que sin embargo, y en comparación con los tiempos modernos, no se han apartado mucho de los objetos primarios que dieron una idea para su confección futura.

El progreso, el paso de los años y el avance de la tecnología van dejando su huella en cada espacio de la vida y en cada rincón de nuestras casas y, por supuesto, en el estilo de hacer y vivir el día a día.

Hoy en día, a nadie se le ocurre cocer los alimentos en un anafe, lavar la ropa en batea, hervir las piezas blancas en una ponchera de hierro, planchar con una plancha de carbón, guayar coco o yuca en un guayo, hacer una batida con un molenillo, prepararse el café con un colador, ni calmarse la sed con el agua fresca de una tinaja.

Ahora, por más que camine no se encontrará con un letrero que diga: “Se pasa el peine”, para invitar a las damas a lacear sus cabellos con el uso del desfasado peine caliente.

El colador

Un pedazo de tela suave, preferiblemente algodón, en forma de manga que pendía de un círculo de alambre dulce, con un mango para apoyarlo en un marco de madera, dentro del cual era colocado un jarro de salsa o una cafetera esmaltada, sobre esta se colocaba el colador, previo a eso, en otro recipiente, que bien puede ser otro lata o una olla pequeña, se pone agua al fuego y cuando esta rompe a hervir, se echa el café en polvo, se mueve y antes de que suba, se apaga el fuego y se pasa a través del colador. Esa era la forma antigua de preparar café. La greca y la coladora eléctrica sepultaron el útil y sencillo artefacto.

El anafe

Es así como las siempre mencionadas en cualquier contexto, tres piedras del fogón, pasaron a ser reemplazadas por los anafes, un artefacto construido en hierro y hojalata, dotado de una parrilla, que muchas veces era la tapa de una lata de pintura o de aceite. De forma redonda o cuadrada, con cierta profundidad, donde se colocaba el carbón, que previamente era encendido, unas veces con gas, trementina o con un trapito y un pedazo de vela, para hacer el fuego y cocinar los alimentos. Era el anafe, lo que hoy conocemos como estufa.

El guayo

La comida por excelencia de los taínos era el casabe. Una enorme torta de yuca guayada que asaban en una especie de plancha. Es decir, que para su elaboración, los indios necesitaban un utensilio que les permitiera rayar la yuca. Aunque para la época, es impensable que ese instrumento estuviese fabricado con hoja lata o algún metal. Más tarde con latas a las cuales se les hacía unos pequeños hoyitos, nació el guayo o rayador. La falta de energía eléctrica no impidió que los dominicanos guayaran coco, yuca para el casabe o arepitas fritas, ya que en cada cocina, colgado en un clavo, siempre había un guayo disponible. Un utensilio que ha sido reemplazado por el procesador de alimentos.

Tinaja

Un recipiente profundo, hecho de barro y que data de los tiempos más remotos, era el depósito por excelencia del agua potable. Allí, aunque usted no lo crea, se almacenaba el agua para tomar y preparar los alimentos. En las cocinas, eran acomodadas sobre una banqueta fabricada en madera. En la actualidad, quienes llegaron a utilizarla, afirman que el recipiente conservaba el agua fría, sin importar las altas temperaturas del eterno verano dominicano. La llegada de la nevera fue aboliendo su presencia en nuestras cocinas.

El molenillo

Un palito fino, bien tallado, al que se le colocaba una especie de ruedita de alambre bien ajustada, era la herramienta ideal para elaborar batidas, no importa de cuáles ingredientes. En su mayoría, era usado para batir huevos de pato o de gallina criolla, para la preparación de ponches, o simplemente para una sabrosa leche batida. El molenillo pasó al olvido cuando surgió la licuadora eléctrica.

Ponchera

Se trataba de un recipiente hondo y redondo, elaborado en hierro, que se utilizaba para hervir la ropa blanca. Generalmente se colocaba sobre un fogón, es decir, tres piedras, con leña o sobre un anafe, se le ponía agua, cloro y jabón de cuaba o detergente en polvo.

La batea

Cuadrada, construida en aluminio, de diferentes tamaños, y algunas veces de colores, era el recipiente en el cual se lavaba la ropa. Las personas utilizaban una para estregar, a la que le agregaban detergente, y otra para enjuagar las prendas de vestir. Algunas piezas eran lavadas a mano, pero otras, como los pantalones jeans, requerían del apoyo de una pieza adicional, el cepillo de cerdas duras colocadas en una base de madera, al cual por su uso, se le llamaba “cepillo de lavar”. Tanto la batea, como el cepillo, perdieron razón de ser, cuando se estrenó la lavadora.

Peine caliente y plancha de carbón

La belleza no puede quedar fuera. Y es que sin importar la época o la clase social, las damas siempre se las ingenian para lucir bellas, y como ha sido un afán eterno de las dominicanas lucir una cabellera lacia, aunque la naturaleza le haya dado cabellos rizos, antes del texturizado, existía el “Peine Caliente”. Un peine de hierro que se calentaba en un anafe o estufa para lacear los cabellos, a riesgo de quedarse calvas, si el peine se calentaba mucho.

Luego de lavar la ropa en la batea, hervirla en la ponchera para que quedara blanca y secarla al sol, faltaba el toque final. Este era el planchado.

Antes de que la luz eléctrica llegara a los hogares, la Plancha de Carbón era la encargada de dejar terminada la tarea. Era una pieza de hierro, pesada, con un mango para sostenerla que se ponía a calentar al carbón, y más tarde en la hornilla de la estufa, para alizar hasta desarrugar por completo las prendas de vestir.

Ingenio
Desde los tiempos más remotos, las personas buscan subsistir de la mejor forma posible, aun en las condiciones más difíciles”

Peinado
Antes del texturizado, existía el “Peine Caliente”. Un peine de hierro que se calentaba en un anafe o estufa para lacear los cabellos”.

En la cocina
El molenillo era usado para batir huevos de pato o de gallina criolla, para hacer ponches o simplemente para una sabrosa leche batida”.