El camino a ninguna parte

Desde el año 1944, la ayuda a los países pobres ha movilizado casi tres billones de dólares a través de diferentes organizaciones. Lamentablemente, toda esta movilización de recursos ha sido un gran desperdicio. Así lo demuestran decenas de trabajos académicos, algunos de los cuales han llegado incluso a concluir que los países que han recibido más ayuda son los que han terminado peor.

¿Por qué entonces no se cuestiona la caridad internacional? Pues, porque la gente se siente tan bien dando que no monitorea resultados. Porque a los empleados de las instituciones que canalizan la caridad no les interesa que esto se sepa (¿de qué vivirían, si o no?) Y porque los “supuestos beneficiarios” de la caridad no tienen modo de castigar la ineficiencia de los donantes.

Y es que la cooperación no funciona como una democracia (donde el pueblo castiga con sus votos al partido gobernante si lo hace mal) ni como un mercado (donde los clientes inconformes se van a la competencia).

Los niños pobres del mundo subdesarrollado no tienen nada que les haga falta a los hombres y mujeres ricos del primer mundo. No pueden “castigarlos” cuando alguien se roba la ayuda en el camino o porque ésta no sea efectiva.

Y precisamente por eso, las organizaciones caritativas se concentran en hacer sentir bien al donante (que es quien las mantiene). Entonces apadrinan niños para que le lleguen cartas con dibujitos, cuando quizá lo que hacía falta era agua o electricidad.

Ningún país del mundo (ninguno) ha salido de la pobreza gracias a la ayuda internacional. Solo aquellos pueblos que se han empoderado y generado ideas y sistemas que motiven a su gente a trabajar y a emprender negocios lo han logrado.

Pero la red de ayuda continúa firme y veloz en su camino a
ninguna parte. Y es que las intenciones elevadas y el sentimiento de orgullo del “haber ayudado” siempre han cegado al buen entendimiento. ¿Quién quisiera oír, por ejemplo, que la Madre Teresa no resolvió gran cosa en la India? Casi nadie. La clara y contundente evidencia no gusta. Y por eso se termina ignorándola.