¡Primero Dios!

A diario encontramos razones para creer. Para un hijo de Dios, vivir implica superarse, nada que ver con subsistir, aunque no es tan fácil como decirlo. Creer entonces puede doler, y mucho; implica colocar a Dios en cada ecuación de nuestra existencia convulsa, así como en nuestras felices incidencias. ¡Dios primero!
Creerle exige validar Su Palabra. Al hacerlo, nuestra alma se ensancha para alcanzar aquello que sólo en Dios obtendremos, pero que no se limita a logros, pues creyendo es como confirmamos nuestra relación muy por encima de cada petición. Sin embargo, lo mejor ocurre en cada acto de fe, porque creerle es conocerle, allí reorientamos el norte hacia el dador y no hacia las dádivas, buscamos su rostro, no sus manos, su presencia, ¡no su providencia!