El Estado ermitaño. Escalada de retórica belicista con Trump

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Asia, cultural y geográficamente siempre había parecido lejana a occidente. “Qué pensarán de nosotros en Japón?” es el título de un tema concebido por un popular músico puertorriqueño. Su acierto radica en que mezcla -a conciencia- elementos pertenecientes a la cultura japonesa con otros que son inherentes a la China, dejando entrever que, como parte de una relatividad impuesta de conceptos, se desconoce y se entrecruza hasta lo más esencial de una cultura y de otra como indicador de franco desconocimiento.

Esto ya no es tanto así. En los últimos años este lado del planeta está tan interesado en Asia como lo está Asia en nosotros. Razones económicas, comerciales, políticas e incluso de seguridad, han sido suficientes para que nos interesemos en Asia, más allá del sushi japonés, del chofan chino, del curry hindú o del kimchi coreano.

El empuje económico de China y la influencia de un mercado potencial de casi 1400 millones de habitantes ha propiciado que en los últimos años Latinoamérica esté muy interesada por lo que pasa en ese país.

En América Latina y el Caribe interactúan también capitales e intereses no solo de China, sino también de la India, país que para 2030 –según proyecciones- tendrá una población mayor a la china y, además, la cooperación de Japón, de Corea del Sur y de Taiwán es icónica en el desarrollo de algunos sectores de los países del continente.

Aparte de estos elementos en este lado del planeta estamos muy interesados en lo relativo a la amenaza a la paz y la seguridad internacionales que supone la proliferación de armamento nuclear en Corea del Norte y a la posibilidad de que un pequeño error de cálculo o la iniciativa narcisista de un presidente desate un conflicto de escala impredecible, con consecuencias, no solo para Asia, sino para el mundo entero.

Corea del Norte es el país más aislado (autoaislado) del planeta, hazaña lograda por el “estimado y querido líder, comandante de acero y presidente eterno de la República” (como se hacía llamar), Kim Il-sung, que gobernó desde 1912 a 1994, año de su muerte.

Kim Il-sung, abuelo de Kim Jong-un, actual presidente de ese país, fue un jefe guerrillero comunista que luchó contra la ocupación nipona de la península coreana (1910-1945) y que una vez la península es dividida en dos partes en 1948 fue aupado al poder por Stalin, representando así, en contraposición a la República de Corea del Sur -apoyada hasta hoy por los Estados Unidos- un territorio clave de división fáctica entre el poderío de los dos polos antagónicos a lo largo del periodo de la guerra fría.

El cuerpo doctrinal sobre el cual se asentaba toda la carga ideológica del “comandante de acero” para su país se denominó la “doctrina Juche” que, según lo dicho por el propio Kim, en entrevista a un periódico nipón en 1972, “Se trata de que uno es responsable de su propio destino y que tiene la capacidad para moldearlo”. Por supuesto, esto a las masas les estaba supeditado a la decisión del “estimado y querido líder” que es quien interpreta, da forma y dirige los esfuerzos de las masas.

Kim Il-sung es al mismo tiempo causa y efecto del secular apartamiento de su país del mundo exterior desde su independencia en 1948. Forzando a su propia tierra a permanecer aislada, el dictador disponía del poder de controlar a su población a su antojo.

Sus habitantes no tenían en época de Il-sung, ni tienen ahora los 25 millones actuales, prácticamente contacto alguno con el mundo exterior, la relación con los escasos visitantes foráneos siempre ha estado estrictamente controlada y no existe acceso a internet y a medios de información extranjeros.

Así, Corea del Norte –que en 1948 inició su andadura como régimen lacayo de Moscú– se ha asentado en estas décadas como el “reino ermitaño”, absolutista, en manos de una saga deificada, la de los tres Kim: Il-sung, su hijo Jong-il y su nieto Jong-un.

Peligro nuclear e incontinencia verbal de Trump
Se cree que Pyongyang comenzó a desarrollar un programa clandestino de armamento nuclear a inicios de los años 80, sin embargo ya para 1963 Kim Il-sung había solicitado a Moscú y a China ayuda para desarrollar este tipo de armamento. Ambos países se negaron pero Moscú ayudó en ese año en la construcción de un reactor con fines civiles, operativo en 1965 y ampliado en 1974.

Pyongyang anunció que abandonaba el TNP en el año 2003 y en 2005 dijo que ya poseía armas nucleares. Su primer ensayo comenzó un año más tarde, al que siguieron los de 2009, 2013, y en el 2016 realizó dos ensayos, la segunda produjo una explosión que provocó un terremoto de magnitud 5,3 grados.

Corea del Norte escogió la fecha de la conmemoración de la independencia de los Estados Unidos, el pasado 4 de julio, para disparar un misil balístico internacional, como mensaje de que tiene la capacidad de lanzamiento hasta territorio norteamericano. Para el 28 de julio, volvió a realizar un nuevo ensayo de misil.

A raíz de estos acontecimientos el Consejo de Seguridad de la ONU adoptó, contando esta vez con el apoyo de China y Rusia, severas sanciones económicas contra Corea del Norte que incluyen la prohibición de importación de bienes de ese país, lo que significaría una disminución de un tercio de los ingresos que percibe anualmente el régimen de Pyongyang.

Hay que tener claro que las sanciones no deben ser un fin en sí mismo, sino un instrumento contra la proliferación nuclear y que deberían complementarse con una propuesta de diálogo político orientado, prioritariamente, a congelar los programas en curso.

Este diálogo, no puede tener como precondición que Pyongyang renuncie completamente a su armamento nuclear, pues para los líderes norcoreanos poseer esos programas es imprescindible para evitar un cambio de régimen y para ser respetados en su interlocución con las potencias regionales.

La mejor opción parecería ser que se busque un acuerdo orientado a congelar temporalmente, mientras se encuentran soluciones duraderas, el programa militar nuclear norcoreano.

Ese hipotético acuerdo, congelando los programas norcoreanos y verificando su cumplimiento mediante inspecciones periódicas internacionales, permitiría rebajar la tensión actual, y eso solo se logra por medio de la diplomacia y del diálogo.

Sin embargo, distante a esto, el presidente Donald Trump ha “aderezado” estas sanciones con la amenaza a Corea del Norte de “fuego y furia nunca antes vistos en el mundo” a lo que Corea del Norte respondió con la amenaza directa de atacar y “envolver en fuego” la base de Guam, a 3.400 kilómetros de distancia, con sus misiles balísticos.

Las posibilidades de guerra continúan siendo lejanas, sin embargo, Kim Jong-un sigue el guion de un dictador que debe mantener intacta la idea de la inminente invasión extranjera y de la necesidad de demostrar el poderío nuclear disuasorio.

Trump por su parte, aunque a diferencia de sus predecesores, se ha complacido en descender al nivel de su rival sea este quien sea y sin importar su categoría de presidente, no debe olvidar que es el mandatario de un país democrático y sujeto a reglas claras en el plano del derecho internacional.

Preocupa que un error de cálculo o el descontrol narcisista de un presidente puedan generar un accidente que lleven a un conflicto de consecuencias devastadoras.