El ejército invencible

El primer emperador de China, llamado Shih Huang Ti o Qin Shi Huang, era un hombre despiadado. Despreciaba la vida de sus semejantes, pero se amaba a sí mismo por sobre todas las cosas. Y era además calculador, previsor, precavido. Mientras buscaba por todos sus medios el elixir de la vida, la vida eterna, mandó a construir un mausoleo, una morada celestial, un reino en miniatura para continuar la francachela en el otro mundo si no podía hacerlo en éste.

Sima Qian, el más renombrado o más bien reverenciado historiador chino de la antigüedad, describe en sus “Memorias históricas” el monumento funerario de Shih Huang Ti en términos que no dejan de causar asombro. Tenía –según Sima Qian– un enorme palacio, una cúpula en la que estaba representado el universo, la cúpula celeste, y bajo la cúpula un paisaje subterráneo, un modelo a escala de la tierra conocida, de los ríos y mares conocidos. Ríos y mares de mercurio y un inmenso séquito de servidores compuesto de esculturas femeninas, artistas, acróbatas, animales, caballos, carros, armas y unas ocho mil estatuas de temibles soldados en pie de guerra.

Shih Huang Ti –como han dicho los entendidos- quería gobernar sobre la vida, sobre la muerte y también sobre el universo y estuvo a punto de conseguirlo. No cabe duda.

Durante dos mil años, la prueba de la existencia del mausoleo de Shih Huang Ti se sustentó precariamente en la aparentemente fantasiosa descripción de Sima Qian. Nadie tenía noticia del lugar en que había sido edificado y menos aún podía imaginar que se hubiera librado de alguna manera del saqueo. Nadie, hasta comienzos de 1974, sospechaba que el mausoleo del primer emperador chino estaba casi intacto, preservado de la mejor manera posible al cabo de dos milenios. El poderoso ejército de soldados de terracota había cumplido hasta entonces su cometido.

La cúpula celeste, los ríos y el mar de mercurio nunca aparecieron, por supuesto, eran parte de un relato fantástico con base histórica, el mito que se superpone como de costumbre a los hechos.

Las estatuas de terracota son de tamaño real, incluso un poco más grandes y originalmente estaban pintadas al natural. Una pintura que resistió la prueba del tiempo mientras estuvo bajo tierra, pero no resistió la intemperie y se desvaneció a las pocas horas.

Anteriormente, en China era costumbre enterrar junto a los gobernantes muertos, a los esclavos, sirvientes y concubinas, pero en el mausoleo de Shih Huang Ti enterraron, salvo excepciones, estatuas de terracota, tierra cocida, una especie de cerámica. Enterraron unos ocho mil soldados, entre los cuales no hay dos caras iguales, con sus vistosos uniformes, armas y armaduras. Enterraron “un ejército en formación de ataque con seis mil figuras de caballos y soldados, una compañía de doscientos cuatro soldados de infantería armados con ballestas y arcos, treinta líneas de carros alternados con más infantes a la vanguardia, en los flancos dos líneas de soldados mirando hacia fuera”. Todos dispuestos a defender al primer emperador de China por los siglos de los siglos.

Es uno de los más grandiosos descubrimientos arqueológicos de la historia.

EL EJÉRCITO DE SOLDADOS DE TERRACOTA EN CHINA

Durante más de 2.000 años, un poderoso ejército de soldados de barro ha protegido la tumba secreta de Qin Shi Huangdi, el primer emperador de China. Hasta comienzos de 1974, nadie sabía de su existencia; pero, hasta la fecha, los arqueólogos chinos continúan tratando de descifrar su misterio. Qin Shi Huangdi ascendió al trono del estado septentrional de China en 247 a .C., a los 13 años de edad, y 26 años después ya había conquistado toda China y fundado la dinastía Chin; trató de unificar el país y también emprendió la construcción de la Gran Muralla para proteger sus extensos dominios.

En abril de 1974, al abrir un pozo, unos campesinos de la aldea de Hsien-yang, en la provincia de Shensi, tropezaron con las cabezas, manos y otras partes de unas esculturas de terracota de tamaño natural, muchas de ellas con armaduras de bronce, espadas en la mano y puñales. Hasta entonces se había supuesto que la pirámide sepulcral del emperador Shi-huang-ti estaba más que saqueada. Inmediatamente, se hicieron eco todos los periódicos de «uno de los mayores hallazgos funerarios del mundo».

Los excavadores no salían de su asombro cuando hallaron, mientras excavaban una tumba, las primeras once galenas recubiertas con ladrillos que guardaban en su interior estatuas de terracota dispuestas en formación de combate sobre treinta y ocho hileras. Hallaron más de ocho mil, de tamaño natural, y todas perfectamente conservadas. Un hecho excepcional en la historia de la arqueología.

Como ya había pasado la época en que los esclavos y los cortesanos eran sepultados vivos con el monarca muerto, tamaño real, el emperador ordenó que se hiciera un ejército de más de 7.000 soldados de barro de tamaño natural para que lo cuidaran en la otra vida.

Cuando murió, su tumba lucía tan suntuosa como los sarcófagos llenos de reliquias de los faraones egipcios. El sitio de la sepultura mide unos 5 km. de ancho, y para construirlo se necesitaron 700.000 hombres.

De todos los confines de China, fueron llamados los mejores artesanos, que esculpieron un magnífico palacio para el emperador debajo del monte Li, en la provincia de Shansi, en la región central del país. Muchas de las maravillas de la tumba fueron descritas por el historiador chino Sima Qian menos de un siglo después de la muerte de Shi Huangdi, pero nunca mencionó al ejército de terracota, descubierto en 1974. Lo valioso de las figuras halladas es su realismo: no fueron vaciadas en moldes, sino modeladas en forma individual, y tienen un nivel de perfección que ha desconcertado a los expertos.

El cuerpo de cada figura consta de piernas macizas y torso hueco; la cabeza y las manos fueron cocidas por separado, y después se unieron al cuerpo mediante delgadas tiras de barro. Los toques finales se hicieron con un barro más fino, y los soldados fueron pintados así: pantalones de color azul marino, zapatos negros con agujetas rojas, y túnicas verdes con botones dorados y cordones púrpura. Incluso, los remaches, las hebillas de los cinturones y la suela de los zapatos de los soldados arrodillados fueron esculpidos con asombroso detalle.

Cada rostro de cada guerrero es diferente a los demás. No salen del mismo molde. Fueron moldeados a partir de la máscara mortuoria de los soldados caídos en la batalla… Si los miramos con detenimiento, comprobaremos que cada estatua tiene su propia personalidad, su propio rostro, como si presenciáramos la reencarnación de un ejército diezmado. Héroes inmortalizados, algunos junto a sus caballos, conservando en terracota su deseo de vivir más allá de la muerte. Emocionante descubrimiento que a nadie dejará insensible. Es éste un tesoro «viviente» único en el mundo.

Armas robadas: Los soldados estaban armados originalmente con espadas, lanzas y arcos y flechas de bronce, pero poco después del funeral se desató una revolución en China y los rebeldes saquearon la tumba y se llevaron las armas. Todos los guerreros tenían pedestales que descansaban sobre el suelo embaldosado, y fueron colocados en formación de batalla con 600 caballos. Cada figura de terracota es única, y quizá sea el retrato de algún miembro del ejército del emperador.

Las figuras son asombrosamente realistas: tienen cabello, bigote y barba, y los pliegues de la ropa parecen hechos de tela. Hay 100 carros de combate de tamaño natural hechos de madera. Los arqueólogos han sido muy cuidadosos al realizar su labor.
La tumba principal que contiene los restos del emperador aún no ha sido abierta y se espera encontrarla intacta; se dice que se usó cobre fundido para revestirla. La tumba puede corroborar algunas leyendas macabras que se cuentan en torno a ella: que las concubinas del emperador que eran estériles fueron ejecutadas y enterradas con él, y que los artesanos que decoraron la tumba fueron emparedados vivos en su interior para que no revelaran sus secretos. Quienes logren entrar a la tumba tendrán que ser muy cautelosos: Shi Huangdi ordenó poner algunas ballestas que se dispararían en forma automática si alguien profanaba su última morada.